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miércoles 5 octubre 2022
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La Bobolina, el gas para curar jamones que fracasó en Guijuelo

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La Bobolina, el gas para curar jamones que fracasó en Guijuelo

  

 

 CONMOCIÓN EN GUIJUELO POR UNA TREMENDA EXPLOSIÓN AL UTILIZAR GAS EN LA CURA DE JAMONES

 

 

1.- La invención.  2.- La explosión.  3.- El proceso.

 

 

1.- LA INVENCIÓN

En 1918, el salmantino Emilio Bobo Gallego, domiciliado en la Avenida de Mirat 49 de la ciudad charra, inscribió en el Registro de la Propiedad Industrial de Madrid su invención, que definía como “un nuevo procedimiento para conservar los productos cereales, leguminosas y semillas, principalmente, lentejas, algarrobas y guisantes, evitando que sean atacados por el gorgojo” y que bautizó comercialmente con el nombre de Bobolina.

Se trataba de un líquido elaborado en base a una mezcla de un 85% de sulfuro de carbono y un 15% de tetracloruro de carbono, utilizado para luchar contra el insecto llamado gorgojo que ataca el grano cuando ya está almacenado. Primeramente, fue aplicado con éxito para proteger las lentejas mediante el método conocido como asfixie, cerrando con precintos los almacenes durante varios días, una vez administrado ese líquido para que el insecto muriera.

Viendo el buen resultado de su lanzamiento, Emilio Bobo registró en 1926 una segunda patente con la denominación genérica de “un producto de conservación de productos agrícolas”. Nuevamente, en 1934 registró “un procedimiento para la fabricación de un líquido insecticida”. Y finalmente, en 1943, inscribe “un procedimiento para obtener la conservación de productos agrícolas”. Todo ello, bajo el epígrafe de Patentes.

El negocio fue viento en popa para el salmantino. Abrió oficinas en la calle Gamazo de Valladolid; en Gomecello, junto a la estación ferroviaria, y en Nava del Rey, desde donde distribuía a toda España. Tenía un agente regional, Daniel Estévez, en la calle Pérez Oliva 8 de Salamanca; otro nacional, Muñoz Calzada, calle de San Pablo 51 de Barcelona, y corresponsales en las principales cabeceras de comarca para abastecer a los agricultores.

Al éxito de la Bobolina se añadió la circunstancia de que en la posguerra al Gobierno le resultaba difícil importar otros insecticidas alternativos, lo que llevó al Ministerio de Agricultura a publicar un folleto para fomentar su uso por los agricultores, “a falta de otros desinfectantes, tales como el óxido de etileno y el bromuro de metilo, imposible de procurar en el mercado nacional”. En dicha publicación se explicaba cómo efectuar el tratamiento: “Para realizar la desinfección debe disponerse de un local aislado de la vivienda y que pueda cerrarse lo más herméticamente posible”. La primavera era la estación idónea, porque se alcanza una temperatura adecuada ante posibles vapores de sulfuro de carbono, lo que se evitaría añadiendo agua en los recipientes, que se mantendría en la superficie, ejerciendo así de cierre hidráulico para impedir la emanación. El Ministerio recomendaba la utilización de sulfuro de carbono, o bien una mezcla con tetracloruro de carbono, sin mencionar expresamente la Bobolina como nombre comercial.

 

2.- LA EXPLOSIÓN

No fue sólo para la agricultura. Los industriales chacineros pronto descubrieron que la Bobolina era un buen remedio para evitar la picadura de los insectos durante el curado de los jamones y empezaron a aplicarlo. El tratamiento tenía un inconveniente. Si no se cumplían rigurosamente las normas de uso, podía resultar peligroso, más bien, mortífero. El local debía estar herméticamente cerrado, con las rendijas tapadas. El líquido se repartiría por varios recipientes, dependiendo la cantidad del volumen del recinto, auxiliándose de una linterna, porque había que cortar la luz y encintar la puerta, manteniéndolo así durante cuatro días. Por otra parte, la mezcla de los productos químicos debía realizarse en la proporción indicada para que, en contacto con el aire, no se produjera el temido gas que era tan letal como explosivo.

Eso fue lo que ocurrió en Guijuelo el 15 de Agosto de 1967, cuando debido a una errónea mezcla de los productos químicos, comenzó a formarse el mortífero gas en el interior de la llamada “casa de la tía Pola”, dedicada a la cura de jamones, en la céntrica calle guijuelense Alfonso XIII y, como consecuencia de una deflagración con tremendo impacto, el inmueble saltó por los aires, causando una quincena de muertos, que pudieron haber sido muchos más, de no ser porque el pueblo, se hallaba en la plaza de toros asistiendo a una novillada en plenas fiestas locales.

Dicho edificio, arrendado a Bienvenido Marcos Martín, que constaba de tres plantas deshabitadas y un sótano con trampillas de hierro a la vía pública, quedó reducido a una montaña de escombros. El alcalde, Hilario García González, se veía impotente para controlar la situación, de no haber contado con la ayuda de los bomberos de Béjar y Salamanca, así como con la colaboración de los militares del cuartel de Ingenieros.

 

3.- EL PROCESO

De inmediato se personó en Guijuelo la autoridad judicial para realizar actuaciones, investigar las causas y depurar responsabilidades. Sin duda todo fue debido a una mala manipulación de los productos químicos contenidos en 72 botellas que produjo una súbita evaporación que explosionó, posiblemente por un cortocircuito.

El Juzgado de Alba de Tormes fue el encargado de instruir las primeras diligencias sobre quienes aparecían culpables del desatino: el citado jamonero Bienvenido Marcos Martín y el proveedor de la Bobolina, el farmacéutico Gervasio Miguel Gil Cepeda, que lo vendía en una droguería de Benavente. Posteriormente se trasladó el expediente a la Audiencia Provincial de Salamanca para que abriera juicio. En el proceso, el Fiscal pidió tres años de cárcel para los dos implicados y una indemnización de diez millones para los herederos de las víctimas y demás perjudicados.

Por su parte, Bienvenido Marcos acusó al farmacéutico haberle suministrado un material defectuoso, defendiéndose éste alegando que él personalmente no podía controlar todo lo que salía de su empresa, siendo esa la labor de otros empleados. La Audiencia Provincial dictaminó en 1969 la absolución de los acusados por no quedar suficientemente demostrados los hechos imputados. Pero no mostrándose conformes los denunciantes, apelaron al Tribunal Supremo que sentenció la libre absolución del industrial, y la condena del farmacéutico a pena de prisión y a pagar la indemnización pedida, no cumpliendo la de prisión debido a lo avanzado de su edad.

A partir de entonces, la Bobolina quedó prohibida para la cura de jamones y se limitó su uso en labores agrícolas. En realidad, existía un vacío legal en la regulación de ese producto. Los jamoneros de Guijuelo simplemente lo utilizaban porque no estaba prohibido, aunque ese no fuera el fin para el que Emilio Bobo Gallego lo había creado.

El diario Ya comentaba en su editorial del 18 de agosto de aquel trágico año: “El caso reclama severas medidas. Es inadmisible que en una industria de tan delicada manipulación como la chacinera puedan suceder cosas como la catástrofe de Guijuelo ha puesto en evidencia. El empleo de insecticidas para el curado debiera ser vigilado con todo rigor. De otro modo, son de temer abusos que, además de tragedias súbitas como la de Guijuelo, traigan consecuencias nocivas para los que coman esas carnes. Es además anómalo que en pleno centro de un pueblo se pueda mantener permanentemente un foco de grave peligro. Las instalaciones industriales con empleo de ciertas sustancias químicas, aunque fuese usual y legal, deben estar ubicadas en zonas deshabitadas. Y siempre bajo el control cuidadoso y responsable de técnicos competentes”.

 

 

 

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