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miércoles 5 octubre 2022
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Gaspar Melchor de Jovellanos en Castilla y León

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Gaspar Melchor de Jovellanos en Castilla y León

 

 

LAS DESVENTURAS DE JOVELLANOS EN SALAMANCA Y UN AMOR TARDÍO EN LEÓN

 

 

1.- Ávila.  2.- Madrid. 3.- Salamanca.  4.- El viajero.  5.- León.  6.- Ramona.  7.- El ilustrado

 

1.- ÁVILA

Gaspar Melchor de Jovellanos es uno de los personajes con mayor producción escrita, sobre literatura, pedagogía, economía, arte… y el menos leído, posiblemente, debido a que la Historia no le ha rodeado del oropel de la vanidad. Sin embargo, su aportación a la cultura hispana es indudable. En los numerosos cargos que desempeñó en las Administraciones de Carlos III y Carlos IV dejó su huella en cualquier rincón del país. Hoy sólo nos centramos en una parte, la relativa a su paso por Castilla y León.

Al finalizar sus primeros estudios en Gijón y Oviedo, Jovellanos se trasladó a Ávila, al amparo de la labor benefactora del Obispo asturiano Romualdo Velarde Cienfuegos, que había creado un seminario privado en su palacio episcopal, donde acogía a sus contraparientes, formando así una escuela elitista con alumnos que, posteriormente, coparon las más altas instancias de la Corte tras pasar por prestigiosas Universidades. Eran miembros de la burguesía asturiana, pero sin los recursos suficientes para acceder a los estudios superiores.

El prelado proporcionó dos becas a Jovellanos, procedentes de las rentas que el obispado obtenía de los municipios de Navalperal y La Horcajada. Y cuando, un año después, consideró que había alcanzado una formación suficiente en materia eclesiástica, le facilitó el ingreso en la Universidad de Burgo de Osma para que estudiara Leyes. Este centro era famoso por la facilidad con que expedía los títulos. Para el catedrático José Miguel Caso González “esta Universidad era más conocida por su descrédito y por la facilidad con que concedía los títulos que por cualquier otra circunstancia”.

Mayor consideración tenía la Universidad de Ávila, ubicada en el ala sur del claustro del convento de Santo Tomás. Esta institución comenzó como un Estudio General creado por Carlos V en 1504, a instancias de Giovanni Poggio, Nuncio del Vaticano. Tanto esta Universidad, como la de Burgo de Osma, fueron suprimidas en 1807. Jovellanos retornó al Episcopado de Ávila por algunos meses para convalidar en Santo Tomás el certificado de Burgo de Osma. Así obtuvo el grado en Cánones y Leyes que le permitiría acceder a una Universidad de mayor prestigio.

Ésta fue el Colegio de San Ildefonso de Alcalá de Henares, donde tuvo que superar un examen, en el que tampoco le faltó el apoyo del Obispo de Ávila. Allí conoció a lo más granado de los poetas jóvenes, Campomanes, Cadalso o Nicolás Gallegos. Su posición como universitario alcalaíno le ascendió al grado de la escala social que le abriría las puertas de la carrera eclesiástica, de la de leyes o la política. Si bien el paso de Jovellanos por las tres Universidades sólo fue posible gracias al patrocinio del Obispo de Ávila, es justo reconocer que el resultado fue meritorio, pues en otro caso, se habría perdido una mente preclara para el país, que inició importantes reformas modernizadoras dentro de la Ilustración y el Liberalismo de la época.

 

2.- MADRID

Jovellanos trató de quedarse en la Universidad alcalaína como profesor. También intentó entrar en la asesoría jurídica del Obispo leonés Juan Ramón Castañón. Finalmente, acudió a miembros de su entorno familiar instalados en la Corte para alcanzar un puesto en ella. El contacto definitivo fue su tío, José Fernández de Miranda, a la sazón, sumiller de corps del Palacio Real, que consiguió del Consejo de Cámara del Rey que Carlos III le nombrara alcalde del crimen (fiscal) de la Real Audiencia de Sevilla.

En la capital andaluza se introdujo en los círculos liberales, como la tertulia del intelectual peruano Pablo de Olavide, y da comienzo a una prolífica relación epistolar con poetas de Salamanca, entre ellos, Fray Diego Tadeo, natural de Ciudad Rodrigo e insigne seguidor de Fray Luis de León, y el catedrático de Literatura Juan Meléndez Valdés, integrantes del grupo denominado “Parnaso de Salamanca”, de marcada influencia francesa. Jovellanos les envió su famosa Carta de Jovino a sus amigos de Salamanca, invitándoles a abandonar aquellos poemas amorosos y engolados que compartían en sus encuentros del Zurguén, para adoptar otros temas sociales y filosóficos de mayor contundencia. El afrancesamiento de aquellos rapsodas era tal que hasta el leonés Padre Isla ironizó sobre su estilo escribiendo: “Yo conocí en Madrid una marquesa que aprendió a estornudar a la francesa”.

En 1778, es nombrado alcalde del crimen de la Corte y regresa a Madrid. Primeramente, se instala en la Plazuela del Gato, luego, en la Carrera de San Jerónimo y en la calle Juanelo. Entra en la tertulia de su paisano Campomanes y, más tarde, crea la suya en su propia casa, un punto de encuentro de intelectuales como Moratín, Quintana, Ponz, Goya y otros. Sus cualidades personales le permiten estar presente en las principales instituciones: la Real Academia de la Lengua, la de Historia o la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde ingresa al mismo tiempo que Goya. También fue nombrado Caballero de la Orden de Alcántara. Anteriormente, ya pertenecían a la Orden de Santiago sus hermanos Francisco de Paula y Gregorio, este último, marino militar muerto en la batalla de Gibraltar.

 

3.- SALAMANCA

Como miembro del Consejo de Órdenes Militares, Jovellanos acudió numerosas veces a Salamanca, para supervisar el funcionamiento de los diversos centros de la ciudad. En 1783, visita el Colegio de Calatrava. Ordena algunas obras de reforma y encomienda a Goya cuatro cuadros de gran tamaño que dieran realce al templo: una Inmaculada Concepción, un San Benito, un San Bernardo y un San Raimundo de Peñafort, todos los cuales desaparecieron durante la Guerra de la Independencia. Algún boceto de ellos queda en el museo del Prado. Por su parte, Goya correspondió con Jovellanos por su encargo, realizando el primero de los dos retratos que le regaló a lo largo de su vida.

Las visitas de Jovellanos a Salamanca y otros puntos del país por orden real fueron más frecuentes de lo que hubiera correspondido a sus cargos. En 1788, subió al trono Carlos IV, casado con María Luisa de Borbón Parma. El Rey puso el gobierno de la nación en manos de Manuel Godoy, que se casó por orden de la Reina con la Condesa de Chinchón, prima del monarca. En ese momento, Godoy tenía dos amantes, Pepita Tudó, la preferida, y además, la Reina, a quien nada importaba, porque también ella llevaba una vida paralela. (De Pepita Tudó se dice que es la auténtica maja desnuda y vestida de Goya, no la Duquesa de Alba). Jovellanos tuvo que lidiar esas reses, con aquel ambiente de amoralidad que le estomagaba.

Su contemporáneo asturiano López de Acevedo, escribió desde su exilio en Londres: “La Reina le hizo por terceras personas algunas insinuaciones que Jovellanos desatendió, ya por sus principios, ya por no comprometer su carrera, en una intriga amorosa que le exponía a graves riesgos”. Esa situación de promiscuidad sin límites sublevaba su integridad. Sus críticas hicieron que Godoy y la Reina le mantuvieran alejado de la Corte el mayor tiempo posible bajo cualquier pretexto. Llegó a hartarse de pasar tantas horas en los carruajes de caballos, por los polvorientos caminos, sin el estado de ánimo apropiado para conocer el país: “La celeridad de las marchas ofrece a la vista una sucesión demasiado rápida de las cosas… el horizonte que se descubre es muy ceñido, muy indeterminado, variado de momento en momento y nunca bien expuesto a la observación analítica… el ruido fastidioso de las campanillas y el continuo clamoreo de mayorales y zagales con su bandolera, su capitana y su tordilla, son otras tantas distracciones que disipan el ánimo y no permiten aplicar la atención a los objetos que se presentan”, apostillaba.

En 1789, de nuevo se halla en Salamanca, comprobando que el estado ruinoso del Colegio de Alcántara aconseja la construcción de un nuevo. El lugar elegido fue el terreno existente entre el Palacio de Monterrey y el Campo de San Francisco, comprándolo al Ayuntamiento en escritura pública. El proyecto fue redactado por uno de los arquitectos de la Real Academia de San Fernando y, de inmediato, fue puesta la primera piedra por el Regidor salmantino, dando comienzo las obras. Pero, cuando estas alcanzaban un avanzado estado, los frailes del próximo convento de San Francisco el Real, hoy desaparecido, solicitaron al Rey la suspensión de los trabajos. Así, malograron lo que iba a ser un fastuoso edificio. Jovellanos se lamentaba: “Las intrigas de una comunidad vecina, poderosamente protegida en la Corte, privaron a la ciudad de Salamanca de uno de sus mejores ornatos”. Después de la Guerra de la Independencia, el Ayuntamiento hizo en aquel lugar acopio de piedras de los conventos destruidos con el fin de construir la primera plaza de toros. El contratiempo llevó a Jovellanos a volcarse con el Colegio de Calatrava, anexo al convento de San Esteban, dotándole de una nueva fachada con el estilo neoclásico propio de la Ilustración, suprimiendo la anterior ornamentación barroca de Churriguera por motivos ideológicos. Jovellanos entendía que las impresionantes representaciones del barroco español y su tenebrismo infundían miedo y bloqueaban el intelecto.

Otro de sus importantes cometidos estaba relacionado con la documentación y archivos de la Órdenes Militares. Formaba parte de un plan para determinar su patrimonio y jurisdicción. Jovellanos comprobó que aquello era un caos. Imperaba la desorganización. La hacienda se hallaba en el mayor desorden y los cargos se atribuían por el sistema del nepotismo. Acudió al Archivo Histórico de Simancas en busca de antecedentes. Allí le informaron de que cada Orden tenía su propio archivo. Pero lo legajos brillaban por su ausencia. Ya entonces se cumplían las reflexiones de Pío Baroja: “¿Y dicen que España es un país conservador? Pero si aquí lo queman todo”. También se preocupa por las normas de funcionamiento de los Colegios de Calatrava, Alcántara y Santiago (Sancti Spiritus). Reforma los reglamentos y redacta un moderno informe de cómo se ha de organizar un Colegio, que todavía hoy sería de gran utilidad.

 

4.- EL VIAJERO

El 20 de agosto de 1790, Jovellanos dará comienzo a su Diario en Salamanca, un relato vital de sumo interés para seguir la historia del país durante veinte años, que finalizará en Galicia un año antes de su muerte. Un apartado relevante de sus anotaciones diarias serán los viajes que realice, perfectamente programados, sin dejar nada a la improvisación, con el único fin de incrementar el conocimiento característico del Siglo de las Luces, para ilustrarse y contribuir al progreso de la nación, como preconizaba Rousseau. En Castilla hay tres aspectos que le llamaron la atención: los silos donde se guardaba el grano, las cuevas o bodegas para el vino, y las “glorias”, oquedades debajo de las cocinas que mantenían calientes los pies de los moradores en sus casas.

Así lo describía: “Los silos son unos graneros subterráneos destinados a conservar el trigo por largos años. La feracidad de este suelo, su poca población y la falta de proporciones para buscar un consumo exterior al sobrante de sus frutos, obligó naturalmente a los castellanos a preferir esta especie de graneros baratos y donde el trigo se puede conservar veinte, treinta y aún cien años sin perderse… Vamos ahora a las glorias de Campos, otro invento de la necesidad. No son otra cosa que las cocinas. La falta absoluta de los combustibles que abundan y son de uso común en otras partes, ha obligado a los moradores de Tierra de Campos en servirse en sus cocinas de sarmientos, cardos, boñigas secas y paja”.

 

5.- LEÓN

En su doble faceta de consejero y visitador de las Órdenes Militares, en 1782, Jovellanos se desplaza hasta el Convento de San Marcos de León, perteneciente a la de Santiago, acompañado por su hermano Francisco de Paula, no sin antes desviar su ruta por Salamanca para encontrarse de nuevo con su amigo Meléndez Valdés.

Después de poner orden en la biblioteca y el archivo, realiza una detallada descripción del edificio conventual leonés, que le había encargado su amigo Antonio Ponz, secretario de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, para incluirla en el tomo XI de su obra Viaje a España. Aprovechó aquella estancia para proceder a la elección de prior del convento y pasar la Semana Santa en León, en compañía de Jacinto Herrero y Lorenzana, Marqués de Villadangos, al que ayudó a crear y presidir la Sociedad Económica de Amigos del País, de corte liberal.

Diez años más tarde, vuelve a León para presidir de nuevo el nombramiento de prior de San Marcos. Pero esta vez, iba designado por el Secretario de Estado, el Conde de Floridablanca, con el cargo de subdelegado de la Dirección General de Caminos, para acometer la obra de la construcción de una carretera entre León y Oviedo. Recorrió el norte de la montaña leonesa en busca del paso más viable desde el punto de vista geográfico y económico: Pajares, Leitariegos, Ventaniella, Babia y el Bierzo. Todos ellos, intransitables y auténticos barrizales.

Se traslada varias veces a Pajares. En su Diario va recogiendo los avatares de la dificultosa empresa: «Cena y a la cama, en espera de un buen día… empiezo a sentir el viento, que por instantes crece… el chocolate me había desvelado y me hizo la noche más triste… me duermo, al fin.» El tiempo es malo al amanecer y escribe: «esto nos desalienta». Explora la comarca de Babia. En Babia de Suso se encuentra con inmensos rebaños de ovejas trashumantes de Extremadura que llaman su atención. En el convento de las monjas de Otero de Dueñas le aguarda el Mayordomo de San Marcos, que le conduciría hasta León.

Elabora un informe etnográfico del lugar que envía a Antonio Ponz, describiendo el origen y costumbres ancestrales de los “vaqueiros de alzada”, un colectivo con sus propias normas que vivía aislado en las brañas, cabañas con paredes de piedra y techos de ramaje que protegían les protegía del agua y la nieve. En ellas convivían personas y animales, y en el centro hacían un fuego, cuyo humo salía por la techumbre. Su vida transcurría entre el norte de León y el sur de Asturias dedicados a la trashumancia, cambiando de lugar dos ves al año para aprovechar los pastos de invierno y de verano. El ganado les condicionaba su movilidad y le hacía endógamos, sin apenas relacionarse con las gentes de los pueblos, que les sometían al rechazo. Jovellanos decía a Ponz que los párrocos les daban la comunión en la puerta de la iglesia para que no entraran en el templo. Así ocurría en Santiago Novellana. Y en la parroquia de San Martín de Luiña, en una viga travesaña de la entrada habían grabado la frase “De aquí no passan a oír missa los baqueros”. Incluso tenían cementerios propios. La marginación era promovida por mismos los clérigos, por no pagarles los diezmos que exigían a los fieles acogiéndose a normas eclesiásticas del siglo XVIII, porque carecían de dinero.

Después de quedarse una semana en León, sale hacia Astorga y pasa por Hospital de Órbigo. Recorre el Bierzo. Gira varias visitas a algunos monasterios, como Carracedo, en Cacabelos, donde le muestran un tumbo, un libro de pergamino que contiene los privilegios conventuales. El abad benedictino fray Roberto de Palencia también le enseñó un plato de piedra procedente de Castro Ventosa, lo que despierta la curiosidad de Jovellanos y se desplaza hasta ese lugar, encontrándose con unos restos romanos que ya había mencionado el Padre Flórez. El itinerario finaliza en Villafranca del Bierzo y vuelve a Asturias por el camino que deja Peña Ubiña a su derecha.

Finalmente, toma la decisión de que el puerto más adecuado para la carretera de Castilla era el de Pajares, por donde sólo existía un camino de herradura transitado por arrieros. Los planos fueron redactados por el arquitecto Marcos de Bierna y el ingeniero fray Guillermo de Cossío, para ser ejecutados por dos cuadrillas de trabajadores de León y Asturias que se juntarían sus trabajos en el alto de La Perruca.

 

6.- RAMONA

En los años posteriores son muy numerosas las veces que se detiene en León, para supervisar la marcha de las obras y cambiar impresiones con los encargados. Algunas veces almorzaba en la casa de su amigo Marino Colón, Marques de Veragua, y recorría los monasterios del entorno, tales como el cisterciense de Sandoval en Mansilla la Mayor, o el benedictino de Eslonza en Gradefes. Pero, especialmente, se prodigaba por la capital, porque había surgido un amor otoñal que le hacía perder la cabeza. Se trataba de Ramona Villadangos, hija del Marqués de Villadangos y de Tadea Ramírez de Jove, sobrina de Jovellanos, por cuyo motivo se hospedaba en su casa del barrio de Santa Marina cada vez que iba de Madrid a Gijón. El romance estuvo a punto de terminar en matrimonio, si no fuera porque entre ellos había unos treinta años de diferencia. El enlace pudo haberse celebrado, porque entraba dentro de lo normal en aquellos tiempos y eran las aspiraciones de Ramona. Sin embargo, después de varios años, Jovellanos rechaza la idea: “Creo conocer su carácter… pero distamos mucho en años y propósitos”, comentaba.

Iba apuntando en su Diario las vicisitudes del idilio. La denominaba “la majestuosa”. Solían acudir a la tertulia de la Marquesa Dijusa, familiar del Virrey de Venezuela, del mismo nombre y nacido en Benavente, o a la del Obispo Cayetano Cuadrillero, de tierra de Campos. Allí Ramona le encelaba con sus pretendientes: la galantería de su pariente asturiano José María Tineo; Joaquín Velarde, que a ella le cautivaba, pero ciertos chismorreos frustraron la posible relación; Nicolas Ponte, Colasín, que la cortejaba… Ramona era una joven de buena formación y conversación, pero carecía de un especial atractivo, lo que no le impedía encandilar a los solteros, más bien, solterones. Jovellanos decía de ella: “No hay fea que más me interese”.

Durante dos años, los padres de Ramona trataron a Jovellanos a cuerpo de rey. Él anota en su diario pequeños detalles, como “me regalaron manteca y pichones”. Pero nunca lo vio claro. Incluso, llega a reseñar: “Allí estaba Colasín Ponte que la enamora. Creo que se casarán y él será feliz con tal mujer”. El 17 de noviembre de 1797, Godoy le nombra Ministro de Justicia y Gracia y le ordena que se presente en Madrid cuanto antes. Aquel día hace noche en la casa de los Villadangos en León. Su intuición se vio confirmada. Le comunican que Ramona se casará con Colasín Ponte. Los Villadangos se muestran contrariados por lo que pudo haber sido y no fue.

 

7.- EL ILUSTRADO

Jovellanos había creado en Gijón, en un terreno de su hermano Francisco de Paula, el Real Instituto Asturiano bajo un modelo ilustrado. Era un centro que aglutinaba las modernas enseñanzas que la industria del Principado demandaba. Se encontró con numerosas dificultades, sin contar las económicas, principalmente por parte del clero, por contar con un profesorado seglar. Para algunas disciplinas, como Física y Mineralogía, tuvo que solicitar autorización para los libros que iba a utilizar. La Inquisición se opuso a dichas obras, declarándolas al margen de los dictados de la Iglesia. Jovellanos no podía imaginarse de quien venía aquella negativa, el Cardenal Lorenzana, Inquisidor General del Reino, leonés y tío del Marqués de Villadangos.

En cuanto recibió el nombramiento de Ministro de Justicia, uno de sus objetivos fue el de rebajar el poder que la Inquisición ejercía sobre la sociedad y reformar el aparato judicial. Se mostró contrario a la amortización de los bienes eclesiásticos del Antiguo Régimen, pues impedían que la Iglesia pudiera venderlos, convirtiéndose en improductivos sin que aportaran nada a la riqueza de la nación. Al año siguiente, todo se le vuelve en contra. Fallece su hermano Francisco de Paula, con quien siempre estuvo muy unido. Goya le realiza el segundo retrato y le capta agotado y abatido en el momento en que le encarga que pinte la cúpula de la ermita de San Antonio de la Florida de Madrid. La conjunción de los odios de la Reina y de gran parte del clero hacen que al poco tiempo fuera cesado del Ministerio. Por si fuera poco, alguien le envenena gravemente. Por prescripción facultativa, tiene que marchar al balneario de Trillo para descansar y recibir un tratamiento de hidroterapia, que le permite recuperar parte de la visión y de la movilidad de la mano derecha. Sin embargo, le quedaron importantes secuelas y se refugia en su Gijón natal.

Tras perder el favor de la Corte, se siente acosado por la clerecía. El Obispo de Lugo, Felipe Peláez Caunedo, le escribe una carta ofensiva, acusándole de introducir “estudios profanos” en su Instituto Asturiano, aconsejándole que a su edad llevara una vida tranquila y que se casara, “que se recogiera”, como dicen en Castilla. Jovellanos zaherido le contesta a vuelta de correo en los siguientes términos: “Me aconseja usted que cuide de gobernar mi casa y tomar estado. El primer consejo viene a tiempo, porque no vivo de diezmos (alude a los que los fieles debían pagar al Obispo, la décima parte de sus cosechas), el segundo, tarde, pues quien de mozo no se atrevió a tomar una novia por su mano, no la recibirá de viejo de tal amigo. Concluye usted exhortándome a que aproveche los desengaños. No puede tener muchos quien no buscó la fortuna, ni deseó conservarla. Con todo, estimo y tomo el que usted me da, y le pago con otro consejo, que probablemente será el último, porque de ésta no quedará usted con gana de darlos ni recibirlos. Sea usted, si quiere, ingrato con su patria y desconocido con sus amigos; pero no caiga otra vez en la tentación de ser desatento con quien pueda tachárselo tan franca y justamente”.

En 1801, Godoy le acusó de ser contrario a la política del Reino y de utilizar su Instituto Asturiano para difundir las ideas revolucionarias francesas. Ordenó su detención para ser deportado a Mallorca. De madrugada fue conducido hasta el convento franciscano de San Froilán en León, junto a la Puerta del Castillo, cerca de la que fuera casa de Ramona, donde permaneció recluido y aislado durante diez días, sin que nadie pudiera visitarle. Después del exilio mallorquín, Jovellanos continuó su azarosa vida en Gijón, falleciendo accidentalmente en 1811 en el pueblo asturiano de Puerto de Vega, en la casa de su amigo, el noble liberal Antonio Trelles Osorio.

(Foto portada. Colegio de Calatrava de Salamanca)

 

 

Aula Magna de la Universidad de Santo Tomás de Ávila

 

Jovellanos en el Arenal de San Lorenzo de Gijón. Francisco de Goya. 1782. Museo de Bellas Artes de Oviedo

 

Jovellanos en Aranjuez. Ministro de Gracia y Justicia. Francisco de Goya. 1798. Museo del Prado

 

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