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miércoles 5 octubre 2022
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Reproches de Jacinto Benavente en Salamanca

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Reproches de Jacinto Benavente en Salamanca

 

 

JACINTO BENAVENTE RECRIMINA A LA ALTA SOCIEDAD SALMANTINA SU AUSENCIA EN LOS ACTOS FESTIVOS 

 

 

1.- Fiestas patronales.  2.- Lucha en las parejas y lucha de clases.  3.- Homenaje multitudinario.  4.- El «ayuno» de fray Luis de León.  5.- La despedida y la reprimenda.

 

 

1.- FIESTAS PATRONALES

Eran las fiestas locales. Septiembre de 1912. La Juventud Excursionista de Salamanca había organizado una inusual programación que contaba con unos excelsos invitados: el escritor Jacinto Benavente y los Príncipes de Baviera. Los fastos, de tres días de duración, se centraban en varios certámenes literarios, conciertos, banquetes… y un concurso de belleza para elegir a la reina de las fiestas.

Benavente ya era un escritor consagrado. El inminente Premio Nobel de Literatura había sido nombrado Académico de la Lengua con el sillón “L”, que antes había pertenecido a don Marcelino Menéndez y Pelayo. Estaba de moda por su obra teatral Los Intereses Creados, que con rotundo éxito representaba en Madrid la compañía de María Guerrero y su esposo Fernando Díaz de Mendoza.

En cuanto a los Príncipes de Baviera, se trataba del matrimonio formado por el distinguido médico Luis Fernando de Baviera y María de la Paz Borbón, primos hermanos, cuya ceremonia nupcial se había celebrado con autorización eclesiástica en el Palacio Real de Madrid, asistiendo los Reyes Alfonso XII y María Cristina como padrinos. La princesa ostentaba la condición de Infanta de España por ser hija de la reina Isabel II. Lo exótico de su visita estribaba en que raramente se les veía en España, pues de forma habitual residían en el palacio de Nymphenburg, junto a Múnich, en Baviera. En esta ocasión venían acompañados por su hija Pilar de Baviera y Borbón.

Los eventos sociales fueron incesantes y desbordaban al público y a las autoridades salmantinas, que no podían acudir a todos. El mismo día en que Benavente llegaba a la estación de ferrocarril y era recibido con entusiasmo, ya anochecido, los Príncipes de Baviera habían asistido al Teatro Liceo. Instalados en un elegante palco, presenciaron la representación de la obra En Flandes se ha puesto el sol de Eduardo Marquina. Más tarde, continuaron con otra función en el Teatro Moderno, un edificio modernista ya desaparecido que se hallaba en el número 3 de la Cuesta del Carmen, conocido como “la Bombonera de don Cayo”, por ser un capricho del oculista don Cayo Alvarado, cuya recaudación iba destinada a sufragar gastos del colegio Pedagogium de Alemania, donde jóvenes españoles acudían a cursar estudios.

Los Príncipes se habían alojado en el Hotel Comercio, el más glamuroso de la ciudad, situado en la Plaza de los Bandos, posteriormente derribado para construir lo que sería el Banco de España. Iniciaron la siguiente jornada ofreciendo un almuerzo en un comedor reservado a Benavente y a las autoridades locales, acompañados por el cónsul de Baviera, Von Pflaum. Posteriormente, acudirían al teatro Bretón donde presidirían un concurso de belleza, un certamen literario y una actuación musical.

Para el desplazamiento de los Príncipes hasta al teatro, se formó un séquito de autoridades en la Plaza Mayor abarrotada y expectante. Familias ganaderas salmantinas, como los Pérez Tabernero, el Marqués de Ivanrey, el marqués de Puerto Seguro o Enrique Esperabé, habían cedido un grupo de jinetes charros, montaraces ataviados al uso tradicional, que hacían las veces de una espontánea guardia real. Éstos fueron hasta el hotel para dar escolta a los augustos visitantes durante el trayecto, partiendo todos juntos desde la Plaza, para continuar por la calle San Justo entre vítores y balcones adornados con artísticas colgaduras.

Federico Conejo Alaguero, presidente de la Asociación Excursionista, coordinó concienzudamente la gala, en la que Benavente hacía las veces de mantenedor, en un auditorio repleto de gentes de toda condición. En primer lugar, se procedió a la designación de la ganadora del concurso regional de belleza convocado días antes. De acuerdo con las normas establecidas, las aspirantes tuvieron que entregar en la Calle Libreros 14, domicilio de doña Teresa Bermúdez de Castro, condesa de Crespo Rascón, una fotografía ampliada, pegada en una cartulina e introducida en un sobre en el que sólo debería figurar un lema. La afortunada resultó ser Catalina González, bajo el lema “Viva la gracia española”, seleccionada por un jurado que decidió entre nueve finalistas. Todas ellas se hallaban en el teatro ataviadas con ropaje charro.

 

2.- LUCHA EN LAS PAREJAS Y LUCHA DE CLASES

Una vez comenzado el acto, rodeados por los maceros municipales, subieron al escenario los Príncipes de Baviera, Benavente y la mencionada bella señorita, seguidos por una serie de escritores, entre ellos, los poetas Alberto Martín Valero y Cándido Rodríguez Pinilla, y el articulista José Sánchez Rojas, autor de un trabajo que leyó la cubana Hortensia Gelabert, renombrada actriz del Teatro Príncipe de Madrid. Después de que la orquesta dirigida por Hilario Goyenechea entonara varios pasodobles, Jacinto Benavente tomó la esperada palabra.

Benavente se congratuló de que la Juventud Excursionista estuviera formada por hombres y mujeres, ya que entonces la entrada de las mujeres estaba vedada en la mayoría de los centros culturales, paradigmáticamente, el Ateneo de Madrid. Seguidamente, entró en harina diciendo: “Oiréis decir que en España no hay más posible comunicación entre ellos que las relaciones sexuales. Entre hombres y mujeres, o el amor o la indiferencia más absoluta, cuando no el desprecio. Así van unos y otros al amor, y lo que es más peligroso, al matrimonio sin conocerse. El español cree que, ante una mujer, no hay más amable actitud que la de galanteador. La mujer por su parte, aunque alguna afloja enojos, con la boca chiquitita, como suele decirse, lo cierto es que también se considera desairada cuando no oye galanterías, aunque alguna vez pasen de galanterías para llegar a lo grosero. Muchas se indignan con las atrocidades que oyen por la calle en elogio de su hermosura. Habría que oírlas o leerles el pensamiento por lo que no dirían el día en que volvieran a casa sin haber escuchado un ¡buenos ojos tienes! señoril o chulesco. Todo ello procede de que la mujer y el hombre están en pie siempre, de aparentes beligerantes o de esgrimidores en asalto, que es la coquetería, o de duelistas en duelo a muerte, que es el matrimonio. Es preciso que entre hombres y mujeres no todas las horas de comunicación sean de amor, que no todas sus relaciones sean de galanterías. Esto sólo se lograría con una más frecuente comunicación social, perdiendo la admiración o el miedo con el trato amistoso. Que no sea el uno para el otro un bicho raro, aunque bonito. El corazón sabe mucho, para que esté siempre a merced de una sorpresa y, en la mayoría de los casos, el amor y su consecuencia, el matrimonio, no pasa de una sorpresa”.

Continuó para referirse a la lucha de clases, aleccionando sobre cómo debieran ser las relaciones sociales, añadiendo: “Yo recuerdo, cuando el operario entraba en una casa, por la mía lo sé, y como la mía eran entonces muchas, afable, complaciente, alegraba la casa con sus canciones y sus risotadas y sus dichos graciosos, y en los días que allí trabajaba, era obsequiado y considerado de la familia, y no le faltaba el vaso de vino ni el cigarro. Hoy todo esto concluyó. El obrero llega altivo y huraño. No acepta, exige. Rara es la obra que no queda empantanada a los dos días, porque surgió el conflicto: la huelga. ¡Los derechos! Los agasajos los toman por debilidad. Ellos no quieren nada de gracia. Los derechos y nada más que sus derechos. Trabajan mal y de mala gana. ¡Cualquiera va a pedirles que se apresuren! Todo pasó. ¿Por culpa de quién? De todos, sin duda. No rechacemos ninguno nuestra parte de culpa, pero atendamos todos al remedio. Acerquémonos más unos a otros para dejar de sernos hostiles e indiferentes”.

Hizo en su disertación un largo elogio a Unamuno, que no estaba presente, porque se encontraba en su tierra natal dando conferencias con el también vasco Tomás Elorrieta, enzarzado en sus habituales polémicas, como la que suscitó en el Ateneo Alavés. Elorrieta era catedrático de Derecho Político en Salamanca y, más tarde, diputado a Cortes y senador por la provincia de León. Benavente terminó comentando a sus anfitriones que en aquella recepción había echado en falta a determinadas personalidades de la ciudad de Salamanca. Ciertamente, algunos consideraron que algo tan popular como un concurso de belleza regional no debía mezclarse con la presencia de los Príncipes de Baviera y no asistieron. De hecho, el certamen no volvió a celebrarse en años posteriores. Benavente percibió el vacío y cierto elitismo. Se sintió molesto.

 

3.- HOMENAJE MULTITUDINARIO

Por la noche, la Juventud Excursionista brindó un homenaje al académico en el Casino del Pasaje, junto a la Plaza Mayor, al que asistieron 120 comensales, organizado por el catedrático Luis Maldonado. Concurrieron conocidos nombres, como Eduardo Marquina, Fernando Íscar Peyra, Cándido Rodríguez Pinilla, Filiberto Villalobos, Enrique Esperabé, Agustín del Cañizo, Cuello Calón, Mariano Núñez Alegría, José Sánchez Rojas, Fernando de Unamuno, estudiante de arquitectura en Madrid, en representación de su padre… y alguno de la provincia, como José María Blázquez de Pedro. Benavente sorprendió gratamente a los asistentes con una conferencia magistral que dio de forma improvisada. Algo inusual en él, porque siempre leía y, aunque llevaba varios folios, no los utilizó. A sus emocionadas palabras, que calaron y recibieron una larga ovación, siguió una cena, de la que se tuvieron que ausentar el alcalde y el gobernador por asistir a otra en el Café Moderno ofrecida a los Príncipes de Baviera.

El acto resultó entrañable y con alguna anécdota. Blázquez de Pedro invitó a Benavente para que asistiera al Ateneo de Béjar para dar una conferencia. Pero éste lo declinó alegando motivos de agenda. Realmente, De Pedro se sentía frustrado, porque siempre intentó que por su ciudad pasaran escritores consagrados, como Menéndez Pelayo o Pérez Galdós, sin conseguirlo. Y una vez más, el bejarano desentonó por su particular atuendo, inapropiado con la ocasión. En el periódico La Ciudad, Iscar Peyra comentó: “Entre las cosas más admiradas y remiradas durante los pasados y egregios días figura nuestro extraordinario amigo el propagandista bejarano Blázquez de Pedro. Príncipe de ensueños y de galanía, lleva sus melenas igual que un airón, y con ellas al viento y con sus patillas triangulares, unos le tomaban por el mismo Benavente y otros le tomaban por un nihilista ruso complicado en la agitación ferroviaria. Acepte nuestro amigo la cabeza geométrica con dos tupés y raya en el medio, porque a la gente le parece, eso de ir con melena, demasiada cabeza y demasiado tupé”. Por otro lado, tuvo algunas diferencias con Sánchez Rojas, pues, a partir de aquel día, el de Alba de Tormes no perdió la ocasión de asaetearle con acerbas críticas. No en vano, Rojas había realizado su tesis doctoral sobre El problema del anarquismo, a lo que Blázquez de Pedro era tan dado.

 

4.- EL «AYUNO» DE  FRAY LUIS DE LEÓN

Al día siguiente, Luis Maldonado quiso que Benavente leyera algunos versos de Fray Luis de León en un lugar tan lírico y bucólico como la finca de La Flecha, en el mismo espacio donde el humanista agustino escribió la Oda a la Vida Retirada y sus mejores composiciones durante su acostumbrado retiro estival. El paraje se halla situado junto al río Tormes y a la carretera de Aldealengua, dividido actualmente en dos partes por la línea del ferrocarril. Entonces pertenecía al marqués de Puerto Seguro, que había restaurado las construcciones con buen gusto. La ocasión también fue aprovechada para homenajear a otros dos poetas, Eduardo Marquina y Gregorio Martínez Sierra, que fueron honrados por un amplio acompañamiento que había salido de Salamanca a las dos de la tarde. A su llegada, lo primero que hicieron fue visitar la casa donde residió Fray Luis, en una de cuyas paredes hoy hay una lápida memorativa, la capilla y la cripta que guardaba los restos de ilustres familias. Posteriormente, entre frondosas parras y el arbolado que protegía de los rigores del verano, Benavente leyó unos conocidos versos del vate renacentista, al que siguieron Eduardo Marquina y Alberto Valero con otros de Gabriel y Galán. Un escenario campestre que fielmente recogió el fotógrafo Venancio Gombau.

A continuación, se sirvió a los allí presentes un copioso almuerzo servido por el prestigioso Café Suizo. Realmente, era una comida-merienda-cena de la que se hizo eco la prensa local y nacional. Así lo detallaba un cronista: “Luis Maldonado preparó un banquetazo en regla. Las mesas colocadas en el huerto de Fray Luis de León mostraban todos los refinamientos. La merienda fue un verdadero banquete, no sólo por la calidad y la cantidad del menú, sino por lo selectamente que fue servido por el acreditado restaurante, que se excedió a su bien sentada reputación. Ante aquel cuadro de suculentos manjares, Jacinto Benavente leía, no sin rubor, los versos del fraile referentes al ayuno que practicaba en su retiro espiritual: ‘A mi pobrecilla mesa, de amable paz bien abastada, me basta’. La amable paz bien abastada fueron los sólidos y castizos platos de la tierra, que no hubiera desdeñado seguramente el cantor del poético ayuno”. En los postres, los asistentes fueron olvidándose de Fray Luis y con los licores fueron apareciendo otras letrillas más pedestres, como La infeliz Clara que va a MisaEl burro de Villarino (Ya se murió el burro que acarreaba la vinagre. Ya lo llevó Dios de esta vida miserable, que tururú, que tururú…).

 

5.- LA DESPEDIDA Y LA REPRIMENDA

La Juventud Excursionista y los promotores de aquellos días inolvidables acompañaron a Benavente hasta la estación de ferrocarril de Salamanca para retornar a Madrid. Mientras llegaba el convoy, alguien le pidió que le regalara los folios que había utilizado en su discurso del Teatro Bretón. Pero el escritor no accedió. Le enseño unas cuartillas llenas de garabatos ilegibles diciéndole que sería inútil, porque no lo entendería. Era una habitual estratagema suya para escaquearse de ese tipo de peticiones que se le presentaban con demasiada frecuencia. El tren partió cuando ya era de noche.

A primera hora de la mañana, también los Príncipes de Baviera habían sido despedidos por las autoridades locales. Su estancia en Salamanca fue agotadora. Después de recorrer Béjar y la Sierra de Francia, habían inaugurado el grupo escolar de la Merced. Se dirigieron en automóvil hasta Alba de Tormes para contemplar la construcción de la nueva basílica y saludar a las monjas carmelitas, terminando al mediodía en la finca Arauzo, junto a Peñaranda de Bracamonte, donde el Marqués de Ivanrey les esperaba para compartir un almuerzo. Finalizaron el periplo en el real sitio segoviano de La Granja, última etapa antes de llegar a la capital.

Jacinto Benavente se sintió muy complacido por las atenciones recibidas en Salamanca, pero le quedaba el resquemor de que la clase alta salmantina no hubiera acudido a sus actos. Por eso, poco tiempo después, escribió en El Imparcial de Madrid: «En las fiestas de Salamanca he podido apreciar los tristes efectos del absentismo de las casas grandes, de linajuda nobleza, cuyas más saneadas rentas proceden de Salamanca. Muy contadas han sido las que contribuyeron al lucimiento de las fiestas. Y digo yo, y decían allí muchos: ¿Qué mejor ocasión para un acto de presencia? Son días en que los humildes, no sólo miran sin odio el lujo de los señores, sino que lo agradecen y lo admiran como un esplendor más de la fiesta. Son días de acortar distancias y de suavizar asperezas. ¡Luego se quejarán del desamor de los humildes! ¡Pues qué!, ¿Hacen algo por merecer su amor o su respeto? Hay altas posiciones sociales que imponen muy altos deberes. No es de los más penosos el de dejar, por unos días de fiesta en la provincia, alguna playa o balneario del extranjero, donde, sin pensar, se va en la ruleta del casino lo mejor de las rentas solariegas».

 

 

Jacinto Benavente

 

Princesa de Baviera

 

Antiguo Teatro Moderno

 

Hotel Pasaje. Plaza Mayor

 

ÍNDICE ALFABÉTICO DE TEMAS. ACCESO

 

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