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miércoles 5 octubre 2022
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Antonio Carnero, la pintura en silencio

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Antonio Carnero, la pintura en silencio

 

LOS CUADROS DE ANTONIO CARNERO SIGUEN APARECIENDO EN LAS MÁS PRESTIGIOSAS GALERÍAS DE SUBASTAS

 

 

1.- El sordomudo en la pintura.  2.- En Madrid con Julio Lambla.  3.- En Italia con Francisco Pradilla.  4.- Salamanca cotidiana.

 

 

1.- EL SORDOMUDO EN LA PINTURA

Antiguamente, el sordomudo se enfrentaba a una barrera social que le aislaba e impedía su desarrollo personal. Debía tener un tutor y acreditar cumplidamente que sabía leer y escribir para cualquier actividad, más aún si de entrar en el mundo del arte se trataba. Con esos condicionantes, ser pintor resultaba arduo difícil. Era preciso un decidido apoyo familiar y, sobre todo, que los maestros les admitieran en sus talleres obviando la traba de la difícil comunicación. Quien destacaba en el oficio con tamañas dificultades sensoriales era porque sus dotes artísticas resultaban superiores a las normales. Navarrete el Mudo fue el paradigma de la sordomudez que triunfa en el ámbito de la pintura, consiguiendo ser nombrado pintor de la Corte de Felipe II en el Real Monasterio de El Escorial, donde dejó numerosas obras.

Idénticas circunstancias concurrieron en Antonio Carnero Martín, nacido en Peñaranda de Bracamonte en 1845. En sus padres tuvo el primer apoyo para conseguirlo, al observar como su hijo hacía constantes dibujos para comunicarse con ellos, lo que les hizo concluir que su futuro no podía ser otro que la pintura. Su padre, Vicente Carnero Ledesma, era un conocido comerciante de la Plaza Mayor de Salamanca, donde en 1860 se estableció en su número 24, una tienda paredaña a la iglesia de San Martín denominada El Buen Gusto, famosa por los belenes y motivos navideños que él mismo confeccionaba. Sus buenas relaciones con la élite salmantina facilitaron que su hijo ingresara en la Escuela de Nobles y Bellas Artes de San Eloy, en el Palacio de San Boal, donde permaneció dos años aprendiendo de los artistas locales, que le premiaron con las mejores calificaciones.

 

2.- EN MADRID CON JULIO LAMBLA

El primero que quedó gratamente sorprendido fue el historiador y cronista Manuel Villar y Macias, académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, aconsejando al padre que el incipiente pintor estudiara el oficio en la capital. No consiguió, ni era recomendable, que ingresara en la de San Fernando por las estrictas normas de aprendizaje, pero lo hizo en la Academia Universal de la calle de San Jerónimo. Este centro estaba regentado por el catedrático alemán Julio Lambla, que impartía clases de dibujo en todas sus facetas a la antigua usanza, en plena libertad y siguiendo su propio saber, muy diferente a la enseñanza oficial de la de San Fernando, con un calendario encorsetado y unos cánones que, más bien, daban al traste con la creatividad de muchos pintores.

Carnero se desplazaba a diario al Museo del Prado para realizar copias de los grandes maestros. Y también algún retrato, como el de su mentor, Manuel Villar y Macías, a la sazón, hermano del presidente de la Diputación salmantina, Vicente Villar y Macías, quien más tarde también le brindaría su apoyo. Pero, el gran aldabonazo fue el retrato que hizo del Rey Amadeo I de Saboya, que suscitó gran curiosidad por el ser primer monarca de España que en muchos años no era Borbón. Se trataba de un óleo en el que el Rey viste uniforme de gala de Almirante de la Armada y manto de armiño, luciendo el collar de la Orden del Toisón de Oro, con banda azul y blanca, y la Gran Cruz de Carlos III, poniendo su mano sobre la nueva Constitución de 1869, que tuvo que jurar como sometimiento al pueblo representado en las Cortes, junto a una mesa con los símbolos reales, la corona sobre un cojín y el cetro. Esta obra quedó depositada en el Colegio Mayor Fonseca de Salamanca, integrando la colección de pinturas de la Universidad. Dicho cuadro fue instalado posteriormente en los muros del Paraninfo de la Universidad tras su reforma. El catedrático Fernando Araujo relata en 1884, en su obra La Reina del Tormes, que allí lo vio junto a otro retrato del Rey Alfonso XII.

 

3.- EN ITALIA CON FRANCISCO PRADILLA

En 1881, bajo el reinado de Alfonso XII, fue creada en Roma la Academia Española de Bellas Artes, dependiente de la de San Fernando de Madrid. Su emplazamiento se hallaba en el marco incomparable del Claustro del Templete de Bernini en el Convento de San Pietro de Montorio. Allí iban los mejores alumnos de la Academia madrileña para perfeccionar sus conocimientos que, en el caso de la pintura, se ampliaban al estudio de los materiales empleados y de su aquilatamiento para la futura conservación. Los primeros directores fueron dos pintores historicistas, Eduardo Rosales y Casado del Alisal.

Al centro de Roma también podían acudir aquellos alumnos que consiguieran alguna ayuda de una institución oficial. Tal fue el caso de Antonio Carnero, a quien la Diputación de Salamanca concedió una beca de dos mil pesetas para su estancia durante cinco años, debiendo enviar en el primero una obra que justificara un aprendizaje satisfactorio y acreditar los gastos cumplidamente. Tuvo la gran fortuna de que el director fuera Francisco Pradilla, otro famoso historicista por sus cuadros sobre los Reyes Católicos y Juana la Loca. Éste puso mucho interés en mostrar sus técnicas al salmantino, aunque fuera por poco tiempo, porque las tareas burocráticas de la academia oficial le absorbía todo el tiempo que hubiera necesitado para pintar sus propios cuadros y, en consecuencia, terminó por dejar el cargo. Más tarde sería nombrado director del Museo del Prado.

Cumpliendo con el compromiso adquirido, Antonio Carnero envía a la Diputación de Salamanca el cuadro El Martirio de San Lorenzo, una copia de estilo renacentista de Ribera, siguiendo las pautas marcadas por la Academia, y va justificando todos los costes de la estancia. Junto con la obra, Pradilla adjunta una carta a la corporación provincial encareciéndola a que siga apoyando a Carnero porque era un pintor en potencia. (José Carlos Brasas Egido, catedrático de Valladolid, ha estudiado ampliamente las relaciones de Antonio Carnero con la Diputación salmantina).

En Italia fue abandonando la pintura religiosa y derivando hacia un estilo propio. Remitió tres cuadros a la Diputación: Dos músicos ambulantes, Los gaiteros y El hombre del paraguas que fueron admirados por el público. La última de estas obras puede ser contemplada hoy en el Museo de Salamanca, en la Casa de los Doctores de la Reina del Patio de Escuelas Menores de la Universidad. Su producción en Roma fue incesante. Vendió muchos cuadros; otros, los donaba con carácter benéfico, como los de la exposición que se abrió en Roma en favor de los damnificados por el terremoto de Andalucía en 1884, que causó más de mil muertos y devastó las provincias de Málaga y Granada.

 

4.- SALAMANCA COTIDIANA

El resto de su vida transcurrió de forma anodina en Salamanca. Ocasionalmente, era muy elogiado con motivo de alguna exposición, como sucedió con la presentación del retrato del Coronel La Hoz, gobernador militar de Cotabato, que había luchado contra los musulmanes filipinos de Mindanao. Pero también sufrió la incomprensión propia del provincianismo. En época del Obispo Padre Cámara, su oferta de pintar altruistamente el retablo de la iglesia del Carmen de Abajo, junto a la Iglesia de San Pablo, se convirtió en fuente de conflictos. Carnero quería que su obra tuviera un brillo especial y, para ello, dibujó un Espíritu Santo del que salía toda la luz que la escena necesitaba. Pero los carmelitas subestimaron la opinión del autor y le exigieron que en su lugar pusiera el escudo de la Orden que, al parecer, era lo que más les importaba.

Su cotidianeidad se desarrolló en torno a la Plaza Mayor. Frecuentaba el Café Novelty, donde los tertulianos del grupo de Unamuno le apreciaban sobremanera. Intervenía en los debates a su forma y expresaba sus opiniones a vuelapluma, haciendo rápidos dibujos a lápiz sobre las mesas de mármol. En sus últimos años fue condecorado como Caballero de la Orden de Carlos III en reconocimiento de su prolífica obra, que prácticamente en su totalidad se halla en manos privadas, apareciendo ocasionalmente algún cuadro suyo en las casas de subastas, donde es conocido como El Mudo.

(Portada. Martirio de San Lorenzo)

 

 

Amadeo I de Saboya

 

Dos Músicos

 

Hombre con paraguas

 

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