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miércoles 5 octubre 2022
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El último verdugo de Peñaranda de Bracamonte

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El último verdugo de Peñaranda de Bracamonte

 

 

LOS CRÍMENES DE PEÑARANDA DE BRACAMONTE FUERON RECOGIDOS POR EUGENIO NOEL EN SU NOVELA “LAS SIETE CUCAS”

 

1.- Peticiones de indulto.  2.- Crímenes execrables.  3.- La ejecución de los condenados.  4.- El verdugo ejecutor.  5.- Algún fallo del verdugo.  6.- Gracia Real sui generis.  7.- Denuncia social.

 

1.- PETICIÓNES DE INDULTO

El 9 de febrero de 1890, Peñaranda de Bracamonte era una fiesta. Se celebraba la inauguración de las obras de la línea del ferrocarril de Salamanca, durante tantos años reclamada. Miles de vecinos manifestaban su júbilo en las calles, mientras una banda de música acompañaba a las autoridades locales en su recepción a las distintas personalidades que iban llegando de la capital charra para tan importante evento. Tras una simbólica paletada a pie de obra por el Gobernador Civil, Carlos Groizard, la comitiva se dirigió entre lanzamientos de cohetes hasta el Casino de la ciudad, donde el alcalde, Félix Mesonero, les iba a ofrecer un fastuoso almuerzo que se alargaría durante la tarde y continuaría con un baile hasta la medianoche.

En el momento de los postres, tras un interminable banquete que rebosaba parabienes y alegría, el primer edil pronunció un breve discurso, que terminó entrecortando la respiración de los allí presentes. Les recordó que en los siguientes días serían ejecutados en aquella localidad tres condenados a la pena de muerte, confesos de haber cometido dos crímenes. Consideraba que a tan horrenda acción no se podía responder de la misma manera y, en consecuencia, les pedía que apoyaran la iniciativa de solicitar a la Regente María Cristina el indulto que conmutara tan drástico castigo. Todos se solidarizaron con el alcalde. Ricardo Bajo y Cid, director del diario El Fomento de Salamanca, redactó un telegrama para que inmediatamente fuera enviado al Palacio Real. También se unieron la asociación benéfica de señoras “La Caridad”, el obispo y el alcalde Salamanca y la prensa local y provincial.

Pero la soberana no quiso hacer uso de la prerrogativa regia. Recabó un informe del Consejo de Ministros, que concluía: “No proponer a S.M. la Reina regente el indulto, en vista de las circunstancias que concurren en el crimen: robo con homicidio de dos mujeres por tres penados en la calle Medina de Peñaranda de Bracamonte”. El diputado en Cortes Ávila Ruano insiste sin resultado. Había que proseguir con el proceso hasta el final. Y así, llegó el día señalado, el 18 de febrero, Martes de Carnaval. La expectación que aquel caso había concitado era máxima, por ser el primer juicio que se celebraba en la Audiencia Provincial de Salamanca con jurado popular, cuya resolución había sido confirmada  por el Tribunal Supremo.

Lorenzo Huerta, el último verdugo que ejerció su cargo en la ciudad, llevaría a término la pena capital de los reos en riguroso cumplimiento de la orden judicial. Su título era el de “ejecutor de justicia” y formaba parte de la plantilla de la Audiencia Territorial de Valladolid, donde había llegado con 56 años. El puesto conllevaba la concesión de la vivienda que habitaba en el Callejón del Verdugo, que unía las actuales calles Montero Calvo y Alegría de la capital castellana. De allí partió para Peñaranda de Bracamonte el sábado 15 de febrero, con antelación suficiente para realizar los preparativos. En Medina del Campo le esperaba la Guardia Civil para acompañarle a su destino. En ese momento tenía 61 años y contaba con 27 de profesión y 89 ejecuciones en su haber, entre ellas la de Juan Díaz Garayo Sacamantecas. Era un profesional curtido, conocido como Rompecabezas, Cortacabezas y Maestro Lorenzo.

 

2.-CRÍMENES EXECRABLES

La sentencia había recaído sobre Ricardo El de la Cuca, acompañado de otros dos, que entraron a robar en la casa de su patrón, en la calle Medina 12 de Peñaranda de Bracamonte, para quien trabajaban en las obras del ferrocarril. Siendo sorprendidos por la mujer del amo y la sirvienta, las asesinaron sin piedad, huyendo a toda prisa. No obstante, las investigaciones condujeron a sus autores, llevándoles ante la justicia, que les condenó a la pena capital. Ricardo estaba casado con La Cuca, con la que tenía seis hijas, que modestamente trabajaban como criadas en las casas más distinguidas de la ciudad. Dichas hijas fueron expulsadas de sus trabajos, aborrecidas y vituperadas, perdiendo sus medios de subsistencia. Entonces, La Cuca maquinó un vengativo y peculiar medio de vida: abrieron un burdel entre todas ellas, un garito conocido como “La Parra”, frente a la charca de la Poza, por el que iban pasando aquellos mismos que las habían humillado. Las malas lenguas cambiaron la diana de sus dardos y cada día recaían sin piedad sobre el varón de alguna notable familia de la localidad.

Aquellos sucesos quedaron recogidos en 1927 por el escritor Eugenio Noel en su novela Las siete cucas: una mancebía de Castilla, cuya historia oyó en Salamanca en 1913, durante su campaña antitaurina por España, en la que dio sendas conferencias en Salamanca y Béjar. También existe en la Fundación Joaquín Díaz en Urueña una amplia bibliografía, pliegos de cordel de la época y la investigación del salmantino José Delfín Val Sánchez, cronista oficial de Valladolid.

 

3.- LA EJECUCIÓN DE LOS CONDENADOS

A su llegada, el ejecutor buscó al alcalde que, tras suspender los Carnavales, ya se había puesto en contacto con los carpinteros que iban a levantar el cadalso, los propietarios de los carros que debían transportar a los reos y los sastres para la confección de túnicas, a todos los cuales debía retribuir Huerta por su cuenta con las 1.275 pesetas que había cobrado anticipadamente por la tarea. A media tarde, se desplazó hasta la cárcel donde se hallaban aquellos tres desdichados y les tomó la medida del cuello para, llegado el momento, encajarles bien el tornillo letal. La ley debía cumplirse estrictamente. La pena de muerte sería llevada a cabo en garrote sobre un tablado, debiendo consumarse a las veinticuatro horas de notificada la sentencia, de día y con publicidad. Los reos, vestirían hopas negras para ser conducidos al patíbulo en luctuosos carruajes. Posteriormente, los cadáveres quedarían expuestos en el patíbulo hasta una hora antes de oscurecer, para posteriormente darles sepultura, entregándolos a sus parientes, si lo solicitaban. El entierro en ningún caso podía hacerse con pompa.

El escribano del Juzgado, Vicente Moreno, notificó la sentencia del Tribunal Supremo el día anterior a los tres encarcelados, pasando a estar en capilla con grilletes, instalándoles un pequeño altar en cada celda por si querían orar. Aquella noche se les ofreció una cena en la que no faltó el lomo ni café. Como despedida, recibieron la visita del alcalde, Félix Mesonero, y del abogado, Salvador Gómez de Liaño. A las siete de la mañana, se les dio una misa y comulgaron, disponiéndose a salir para el desenlace final.

El lugar señalado para la ejecución fue la era del barrio “El Ejido”, frente al convento de las Carmelitas en el camino de Mancera, donde se celebraba el habitual mercado de ganados. Allí se había fusilado anteriormente a tres frailes condenados por ser considerados liberales facciosos. A las ocho de la mañana partió desde la cárcel el primero de los reos, tras oír misa y comulgar. En la puerta, y a lo largo del recorrido, había una gran muchedumbre, nueve mil personas llegadas en carros de todos los pueblos de la comarca. Las autoridades tuvieron que solicitar fuerzas de Infantería y Caballería por si se producía algún incidente. Actuaban como testigos el alguacil Isidoro de Manueles y el tejedor Maximino Molina.

A su llegada al patíbulo, Huerta sentó al primero de los reos sobre la banqueta y le tapó la cabeza con un pañuelo, momento en que se le oyó decir: “Más valiera que me dieran cuatro tiros que no esto”. Le ató fuertemente al poste para que no se moviera el cuerpo al sufrir. A cierta altura del madero, había una ancha argolla que le sujetaba el cuello y una manivela posterior con un pincho, que apenas tuvo que girar para causarle la muerte. Los asistentes tenían gran curiosidad por ver la reacción del reo. Terminaron aterrados al observar su espantosa muesca y las fuertes convulsiones del cuerpo, causadas por el espasmo reflejo de su sistema nervioso.

El segundo salió de la cárcel quince largos minutos después. Al llegar al cadalso no quería descender del carro. Tuvo que ser bajado a la fuerza y así subirlo al entarimado. Este imprevisto retraso hizo que el tercero, que ya había salido, llegara con tan sólo cinco minutos de diferencia. A las nueve todo había terminado y el expectante público comenzó a marcharse, sin duda, satisfecho de haber presenciado un hecho insólito que rompía con la monotonía de sus vidas.

Huerta partió de Peñaranda en un carruaje después de almorzar, a las tres de la tarde, en dirección a Medina del Campo, acompañado por la Guardia Civil, con la conciencia de haber cumplido con su misión una vez más. Al delator Baldomero Matías “Gafotas” se le gratificó por su colaboración en el descubrimiento de los autores de los crímenes con 125 pesetas y asistencia médica y farmacéutica gratuita de por vida.

 

4.- EL VERDUGO EJECUTOR

Lorenzo Huerta había nacido en 1829 en algún lugar de Asturias próximo a Galicia. Por su aspecto físico pasaba desapercibido. Era bajo, afable, simpático, muy religioso y casado. En el trabajo vestía capa negra y sombrero de ala. Era un hombre de oficio en todos los sentidos e hizo escuela. Solían acompañarle afamados discípulos, como Nicomedes Méndez y Gregorio Mayoral. Cada verdugo llevaba su propio instrumental, siempre idéntico. Pero él inventó uno propio, que estrenó en Vitoria con el criminal Sacamantecas.

Entre los escritores del momento, Lorenzo Huerta no entusiasmaba. Pío Baroja, que era doctor en medicina, le detestaba. Guardaba el mal recuerdo de haberle visto con trece años en una ejecución en Pamplona. Lo relata en su colección de ensayos La decadencia de la cortesía. Le describía como pequeño, rechoncho, llevaba traje de aldeano, apenas sabía leer y escribir y hablaba mal el castellano. Se quedó estupefacto cuando presenció que Huerta, cuando fue a liberar al ajusticiado del artefacto, con toda amabilidad y tranquilidad respondía a las preguntas de los curiosos y les explicaba los detalles de la faena. Baroja relataba que, bajo la capa, llevaba una bota con aguardiente y en cada parada daba un tiento.

 

5.- ALGÚN FALLO DEL VERDUGO

En 1891, Lorenzo Huerta no fue muy afortunado con el ajusticiamiento de dos personas en Olmedo, dos amantes de Mojados que se concertaron para matar al marido de la mujer, una historia que inspiró a Emilia Pardo Bazán en su obra La piedra angular. Huerta tardó más de lo normal en la faena. Las ocho mil personas del público no cesaban de abuchearle y él se ponía más nervioso. La mujer murió al instante. Pero con el hombre fue diferente, porque no había parado de hablar mientras Huerta le colocaba la argolla al cuello y no quedó ajustada. Le puso una capucha en la cabeza y apretó la tuerca. Cuando le destapó, el público comprobó que aún movía los ojos y con los labios seguía hablando. Comenzaron a silbarle como si estuvieran en una plaza de toros ante un matador al que le falla el estoque. Tuvo que dar un nuevo golpe de tuerca que resultó fallido. Los médicos certificaron que nueve minutos después el agarrotado seguía vivo, pues tenía pulsaciones.

El semanario La Legalidad de Segovia se hizo eco de Lorenzo Huerta: “Lamentable parece que un verdugo hable mal el castellano, tal vez por no haber tenido estudios universitarios, y diga: catredal, puson, tuvon, diferiencia, medecina, correspondiencia y muchas por el estilo que en las ciudades de Castilla suelen usar algún que otro abogado, médico, ingeniero, presbítero y empleado público, o también algún alcalde, concejal o diputado de los que ofician en corporaciones excelentísimas”.

 

6.- GRACIA REAL SUI GENERIS

El sistema de ejecución de la pena capital había sido tradicionalmente la horca, hasta que los intelectuales del liberalismo comenzaron a quejarse de que era demasiado lento y nada edificante. Propusieron al rey Fernando VII que la cambiase por el garrote, que era más rápido y preciso. El monarca se mostró receptivo y en 1832 firmó un Decreto en Aranjuez, como un regalo por la onomástica de su esposa: “He querido señalar con este beneficio la grata memoria del feliz cumpleaños de la Reina, mi muy amada esposa, y vengo en abolir para siempre la pena de muerte por horca, mandando que en adelante se ejecute en garrote”.

En 1900 se produjo otra importante novedad. Hasta entonces la ejecución de la pena capital en público se utilizaba de modo ejemplarizante, un espectáculo político para infundir temor en la sociedad, que se celebraba con gran publicidad en los lugares más transitados. Superado el absolutismo de Fernando VII, las Cortes aprobaron la llamada Ley Pulido, por la que el cumplimiento de la pena de muerte debía efectuarse en el interior de las prisiones, lejos de la vista de los ciudadanos. El patíbulo se instalaba en el patio de la cárcel y se colocaba una bandera negra en la puerta principal del edificio. Sólo lo presenciaban funcionarios judiciales y municipales y tres vecinos designados por el alcalde, que debían aceptarlo expresamente.

 

7.- DENUNCIA SOCIAL

En realidad, el proceso era la teatralización y la solemnidad del poder absoluto e ilimitado, que ocultaba la realidad de una administración desastrosa. El ejecutor se acercaba al reo, le pedía perdón al oído y le decía que era un mandado. Hay quien veía algunas víctimas más que el ajusticiado: el propio verdugo, su mujer y sus hijos. Así lo denunció Concepción Arenal en su obra El reo, el pueblo y el verdugo, cuando manifestaba: “Asombra ver cómo el legislador dice sin vacilar que debe haber un verdugo en cada Audiencia, es decir, habrá un hombre degradado, vil y maldito, cuya proximidad inspira horror, cuyo trato da vergüenza, y cuyos hijos son viles, degradados y malditos como él. Imagínese cualquiera lo que sentiría si hubiera nacido hijo de verdugo. Nadie les daría un trabajo. No tendría más alternativa que aceptar la horrible herencia de su padre y continuar con su lúgubre función, o huir avergonzado del que le dio el ser, engañando a la mujer amada para que no le rechace con horror y vergüenza. Pero el verdugo puede tener muchos hijos y muchas hijas. Sólo uno podrá suceder a su padre. ¿Qué harán los otros? ¿Y si tal vez han nacido con buenas entrañas, si son sensibles, si a la vista del patíbulo tiemblan más que el reo, cuando éste ve prolongada de modo horrible su agonía por falta de serenidad del ejecutor?”.

Lorenzo Huerta murió con 67 años, el 15 de abril de 1896, en su casa del Callejón del Verdugo en Valladolid. Su última ejecución había tenido lugar el mes anterior en Frechilla (Palencia).

(Foto portada. Era «El Ejido». Lugar de las ejecuciones.  Miguel Coll)

 

 

Era en «El Ejido». Foto Miguel Coll

 

Pliego de Cordel

 

Reina regente María Cristina

 

Silla utilizada en la ejecución de «Sacamantecas»

 

«Sacamantecas»

 

Cercana ermita de San Francisco ya desaparecida

 

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