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Historia de los Secretarios de Ayuntamiento de Salamanca

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Historia de los Secretarios de Ayuntamiento de Salamanca

 

LA HISTORIA DE LOS SECRETARIOS MUNICIPALES SALMANTINOS TRASCIENDE AL RESTO DE PROVINCIAS

 

 

1.- La oligarquía rural.  2.- Enrique Esperabé.  3.- Jesús Esperabé.  4.- La Transición Democrática.

 

1.- LA OLIGARQUÍA RURAL

El régimen oligárquico rural del siglo XIX pivotaba sobre la figura del Secretario de Ayuntamiento, que, por una parte, realizaba una labor encomiable por su formación administrativa en medio de aquel analfabetismo endémico. Pero, por otra, los jerarcas le consideraban lo suficientemente entorpecedor a sus propósitos como para preferir que cualquier concejal desempeñara sus funciones, aunque fuera iletrado. Por esta razón, cada vez que el municipio cambiaba el regidor, solían quedar destituidos. Ambas posiciones representaban las dos caras de una misma moneda. Los políticos de la Corte preferían suprimirlos y dejar las manos libres a sus alcaldes. Por el contrario, otros ampararon a ese colectivo que diariamente convivía con el vecindario, porque controlándoles podían domeñar el medio rural, su granero de votos en provincias.

Retrocediendo en el tiempo, fueron los Reyes Católicos quienes crearon la denominación “escribanos de concejo” o “fieles de fechos” dándoles cierta honorabilidad. El nombre de secretario apareció por primera vez en la Ordenanza de la ciudad de Burgos de 1497. Posteriormente, la de León perfilaría sus funciones al prescribir: “La cosa principal de los negocios que autoriza es el secreto que de ellos tiene. Ordenamos y mandamos que de aquí en adelante se le tome juramento que guardará de este nuestro Ayuntamiento y por ninguna vía describirá lo que en él pase si no le fuere mandado”.

Con los liberales llegó su decadencia. Las Cortes de Cádiz de 1812 impusieron las cesantías y la expulsión de este personal de nombramiento regio, pasando a ser de libre elección y cese por la corporación local. Hubo voces que se alzaron contra esos abusos, como el jurista Manuel Ortiz de Zúñiga, autor de la obra Práctica de los Secretarios de Ayuntamiento, que en 1843 sentenciaba: “La elección de secretario es origen casi inevitable de disensiones y de encarnizados partidos, no sólo entre los concejales, sino entre todo el vecindario. Unas veces por sugestiones e intrigas de los mismos aspirantes al cargo, y otras por la propensión de ciertas personas a tener influencia y manejo en todos los asuntos, poniendo para ello en la secretaría a sus dependientes o protegidos”.

Los intentos de poner orden en el nepotismo rural resultaron vanos. En 1850 aparece en Burgos El Consultor, publicación creada por el burgalés Marcelo Martínez Alcubilla, que en su primera época no respondió a las expectativas de los secretarios, porque, principalmente, asesoraba a los alcaldes. Aquella cabecera, que actualmente se mantiene, fue trasladada a Madrid, pasando a ser propiedad de la familia Abella. Tan sólo se consiguió que, por primera vez, en 1853 un Ayuntamiento publicara en la Gaceta de Madrid su puesto de secretaría vacante. Se trataba del pequeño pueblo de Santibáñez de la Isla, en el Páramo leonés.

Varios años después, el diputado por Sequeros, Agustín Bullón de la Torre, hijo del secretario de Santibáñez de la Sierra, dio un importante paso en favor del colectivo de Salamanca. Exigió en las Cortes que, antes de que se produjera un cese, hubiera un expediente que lo justificara, porque “en las elecciones municipales o de otro orden están en exposición constante a ser víctimas del más repugnante de los caciquismos”, impidiéndose así “el capricho o las malas pasiones del Ayuntamiento”.

Bajo su impulso y la dirección de Fernando Araujo editaron en 1883 la revista El Defensor de los Secretarios, cuyo fin era el amparo de los de la provincia, “tan denostados y tan solicitados por caciques o aspirantes al caciquismo”, decía. También constituyeron una Asociación provincial y una Sociedad de Socorros Mutuos, bajo la presidencia de Rafael Delgado, secretario del Ayuntamiento de Salamanca. En ella colaboraron prestigiosas firmas, como el salmantino Eduardo Pérez Pujol. Éste y Araujo eran catedráticos de la Universidad de Valencia y compartían las mismas inquietudes en el ámbito administrativo.

La publicación tuvo muy mala acogida en la Corte. De inmediato sufrió las recelosas críticas de El Consultor, a lo que Araujo contestaba: “En Madrid El Consultor, adormilado o intentando dormir sobre sus laureles. Nosotros aquí, procurando excitar a los ministros de la Corona, a los Senadores y Diputados, a presentar proyectos de ley para lograr nuestras aspiraciones, y El Consultor en Madrid, sumido en la inacción más culpable”. Mientras tanto, continuaban los ceses arbitrarios de funcionarios en Castraz, Valdelosa, Sieteiglesias, Ituero de Azaba…

 

2.- ENRIQUE ESPERABÉ DE ARTEAGA

Enrique Esperabé de Arteaga era hijo de Mamés Esperabé Lozano. Ambos fueron Rectores y Catedráticos de Griego en la Universidad de Salamanca, al igual que Unamuno, lo que les llevó a inevitables disputas académicas y políticas entre ellos. Unamuno sucedió a Mamés tras su jubilación después de treinta y un años de labor universitaria y, a su vez, Enrique Esperabé reemplazó a Unamuno por nombramiento del General Primo de Rivera, tras desterrar al vasco a la isla de Fuerteventura. Cuando después de siete años Unamuno volvió del exilio, recuperó la Cátedra y el Rectorado. Los enfrentamientos continuaron, hasta el extremo de que, en la Relación de catedráticos de la Universidad de Salamanca de 1930, Esperabé ni le menciona. Ese año sostenía que Unamuno, que no cesaba de atacarle, “había tenido un enemigo muy grande, que se le había atravesado en el camino, causa de todo lo que le ha ocurrido: ha sido él mismo, su psicología, su carácter, su egolatría».

Enrique Esperabé hizo suyas las reclamaciones de los secretarios durante los cuatro años que mantuvo su escaño en el Senado. En 1920, se dirigió al jefe del Gobierno, Manuel Allendesalazar, para exponerle la precaria situación que sufrían los funcionarios locales. El prócer halló justas las quejas, pero alegó tener pendiente cosas más urgentes que resolver. Posteriormente, hubo de acudir al ministro de la Gobernación, Francisco Bergamín, al que Esperabé convenció con buen resultado, pues ordenó redactar una disposición tal como se la había propuesto. Estuvo a punto de ser publicada en la Gaceta de Madrid, pero no llegó a ver la luz. Una crisis ministerial hizo dimitir a Bergamín.

La norma non nata cayó en manos del titular de Hacienda, Gabino Bugallal, que permaneció más tiempo en el cargo que el anterior, el suficiente para recibir en audiencia al senador salmantino y comunicarle que no daba curso a la orden porque era partidario de que los Secretarios permanecieran a merced del partido gobernante. Entonces, el senador creyó haber escuchado palabras mayores. Resueltamente, decidió acudir a vías más contundentes. En una posterior visita al Ministro, se presentó con una comisión de Secretarios de la provincia de Salamanca, provocándose una fuerte discusión, que a punto estuvo de acabar en una expulsión del Ministerio por las fuerzas de orden. El senador se despidió del ministro advirtiéndole que la próxima vez lo haría de viva voz ante el Senado presentando una moción a la que tendría que responder.

Enrique Esperabé presentó su moción en la Cámara Alta. Avisado Bugallal, no acudió para contestarla. En vista de ello, el senador pidió autorización al presidente para exponerla sin la presencia del ministro y, autorizado, así lo hizo. Seguidamente, presentó contra reloj una ampliación a su moción, redactada en la biblioteca del Senado con ayuda de su compañero Rufino Cano de Rueda, senador y propietario de El Adelantado de Segovia, para que fuera contestada en la sesión siguiente, que tendría lugar el 12 de mayo de 1921.

Llegada la fecha, Esperabé utilizó una argucia parlamentaria de filibusterismo, consistente en alargar su exposición durante más de tres horas hasta que el ministro no tuviera más remedio que comparecer. Una vez en la tribuna, Bugallal comenzó a argumentar incoherentemente desviándose de la cuestión. Pero las razones eran poderosas y gran parte de los senadores, como los salmantinos Jesús Sánchez Sánchez y Pérez Oliva, apoyaron la moción, que finalmente terminó plasmada en el Real Decreto publicado en La Gaceta de Madrid el 4 de junio de 1921, que constituyó la base de la creación de un Cuerpo de funcionarios que tuvieran la formación adecuada. Obviamente, el colectivo de secretarios salmantinos recibió a Esperabé con todos los elogios. Organizaron un banquete en su honor en el restaurante del Café Novelty de la Plaza Mayor de Salamanca, al que acudieron más de doscientas personas, en el que no faltó cordero, merluza, solomillo… licores y puro. En los postres el senador les dirigió las palabras más esperadas por ellos: estabilidad, independencia, sueldo mínimo…

 

3.- JESÚS ESPERABÉ DE ARTEAGA

Jesús Esperabé era hijo del anterior y con una brillante carrera en la Facultad de Derecho de Salamanca. Pudo ser Catedrático, a no ser porque, al haber militado en Izquierda Republicana, Franco le depuró y tuvo que abandonar la docencia. Durante la posguerra fue abogado y ganadero de toros bravos, cuya Asociación lideró. Su posición le permitió introducirse en las Cortes por el llamado Tercio Familiar, el único en el que existía unas mínimas elecciones restringidas secretas (eran electores los padres de familia, hombres y mujeres casados).

Este grupo, que carecía de cualquier infraestructura y posibilidad de actuación, en medio del inmovilismo de Carrero Blanco, fue determinante en la reforma política desde dentro que posteriormente lideró Adolfo Suárez. Mantuvieron las primeras desavenencias con el resto de Procuradores al pedir un Reglamento de Funcionamiento de la Cámara, que les diera voz en las decisiones que el Gobierno imponía unilateralmente, siguiendo los dictados de Franco y de los gerifaltes del Movimiento Nacional.

Comienzan a convocar reuniones semiclandestinas en diferentes ciudades del país y en sus casas particulares para preparar las sesiones. Algunas veces, Camilo Alonso Vega, ministro de la Gobernación, tenía conocimiento de ello y enviaba a la Policía para disolverlos. En adelante serían conocidos como los trashumantes, rememorando las Cortes itinerantes que celebraban los Reyes Católicos por donde iban pasando. Esperabé apodaba al resto de procuradores los cabestros, porque su única función era arrastrar a los demás a donde Franco quisiera.

En 1968, Jesús Esperabé protagonizó la primera quiebra del régimen mediante una encarnizada defensa de los Secretarios de Ayuntamiento. Un proyecto de Ley de Bases de la Administración Local les dejaba al albur del caciquismo endémico. El Colegio de Secretarios de Madrid redactó unas alegaciones modificatorias, pero no encontró en la capital a nadie que las respaldara. Fue entonces cuando, recordando la secular acogida de sus reivindicaciones por sus antecesores, se dirigieron al salmantino a través del entonces presidente del Colegio Provincial, Argimiro Sánchez Cenizo.

Esperabé le indicó que el 11 de febrero hablaría con él en el Gran Hotel de Salamanca, donde le entregaría las diez firmas que avalaban su petición. Ciertamente, aquel día allí se hallaban 37 de los 50 procuradores que componían el grupo trashumante, que acordaron suscribir aquellas alegaciones y defenderlas como una enmienda en las Cortes. Una de aquellas firmas fue la de Adolfo Suárez. El debate resultó muy encendido en la comisión especial que presidía el alcalde de Madrid, Arias Navarro. A las modificaciones introducidas se oponían los Procuradores del Movimiento, porque para los alcaldes y presidentes de Diputación suponía un aumento de gasto. Pero, finalmente, fueron aprobadas, lo que supuso la equiparación salarial de estos funcionarios a los del Estado y el derecho a la inamovilidad en el cargo.

Otro momento decisivo del devenir político de aquel díscolo grupo aconteció el 6 de diciembre de aquel año en el Restaurante La Goya de Valladolid, junto al Puente Colgante. El Gobierno había manifestado a los medios de comunicación su malestar por las constantes reuniones de los trashumantes. Éstos, en un alarde de notoriedad, decidieron llamar a la prensa gráfica de Madrid para que difundieran una fotografía de los convocados a la salida de aquel lugar. La instantánea tuvo eco internacional, pues apareció en el Times de Londres. Entre ellos, además del salmantino Jesús Esperabé, se encontraban otros procuradores, como Joaquín Luaces y Adolfo Sánchez por Valladolid, Fernando Suárez por León, Aparicio Alcalde por Soria, o José María Abad por Palencia.

 

4.- LA TRANSICIÓN DEMOCRÁTICA

La inclusión de Jesús Esperabé en las listas de los primeros comicios constituyentes de 1977 no resultó fácil. Muchos de los viejos liderazgos republicanos quisieron engrosar las listas de UCD por Salamanca, como José María Gil Robles, de la Democracia Cristiana, apoyado por el Abogado del Estado Juan Bermúdez de Castro, o Ernesto Castaño hijo, del Bloque Agrario. Todos ellos estaban relacionados con el mundo de las ganaderías de toros bravos del campo charro, incluido el emergente Salvador Sánchez Terán, asesor personal del presidente Suárez. Tras obtener su escaño de Diputado en el Congreso, la tirantez con Esperabé fue constante, hasta el punto de ser éste el primero que pidió la dimisión de Adolfo Suárez en la prensa.

Y surgió la última polémica en torno a los Secretarios de Ayuntamiento. Era el momento de la transición del Estado centralista a otro autonómico. El Gobierno había aprobado en enero de 1981 una llamada Ley Puente por la que el Ejecutivo se inhibía en favor de los Ayuntamientos en cuanto a la libre destitución de los secretarios. Nuevamente, el colectivo de Madrid pidió ayuda al ya Diputado del Congreso para lograr una rectificación del Gobierno. Esperabé lo consiguió y nueve meses después apareció publicada una nueva ley que modificaba la anterior en ese punto, por la que el Ejecutivo retomaba el control de los funcionarios.

Finalmente, un desafortunado epílogo. En las Elecciones Generales de 1982, el partido centrista, en connivencia poco ética con el Colegio Provincial de Secretarios de Salamanca, solicitó el voto a los colegiados por atribuirse el logro de la equiparación de estos funcionarios locales a los del Estado. Nada más lejos de la realidad. Esa fue la eterna lucha de los Esperabé de Arteaga en la historia reciente. Años 1921, 1968 y 1981.

 

Enrique Esperabé de Arteaga

 

Jesús Esperabé de Arteaga

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