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La vergonzosa exclaustración de los Carmelitas de Ávila

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La vergonzosa exclaustración de los Carmelitas de Ávila

 

LOS PROPIOS CARMELITAS DE ÁVILA COLABORARON CON EL GOBIERNO LIBERAL EN LA DESAMORTIZACIÓN DE SUS BIENES Y EN LA EXCLAUSTRACIÓN DE LOS FRAILES

 

 

1.- La Desamortización en España.  2.- En Ávila.  3.- Orígenes del conflicto entre los carmelitas.  4.- El Cántico Espiritual.  5.- La Exclaustración.

 

 

1.- LA DESAMORTIZACIÓN EN ESPAÑA

El rey Fernando VII no había tenido hijos varones y, según las leyes sucesorias españolas, estaba previsto que el trono le correspondería a su hermano don Carlos. Pero, en 1830, en los últimos años de su vida, el monarca promulgó la Pragmática Sanción por la que la sucesión de la Corona podía recaer tanto en hijos varones como en mujeres, en este caso su hija Isabel, que acababa de nacer. A su muerte en 1833, las Cortes la reconocieron como Reina con el nombre de Isabell II y, dado que sólo tenía tres años, su madre María Cristina de Borbón actuaría como Reina Regente.

El aspirante don Carlos no aceptó aquella designación y dio comienzo al enfrentamiento entre carlistas e isabelinos o liberales, varias guerras civiles a lo largo de un siglo que devastaron el país con una gran pérdida de vidas y de recursos económicos. La Hacienda pública quedó exhausta como consecuencia de la guerra y la nación se sumió en una abultada deuda que se hizo impagable con la recaudación de impuestos. Por otra parte, los carlistas se declararon abanderados del catolicismo más conservador frente al liberalismo secularizador, en consecuencia, gran parte de la jerarquía eclesiástica militó en sus filas.

Se daba la circunstancia de que el estamento eclesiástico y las órdenes religiosas eran propietarios de un gran patrimonio, sobre todo, fincas rústicas improductivas que no se labraban, ni se podían vender. Se decía que estaban «en manos muertas». Los políticos planearon desamortizarlas, o lo que es lo mismo, su incautación. Con ello buscaban dos objetivos. Primero, la venta de aquellas tierras, para que con lo obtenido el Estado pudiera pagar las deudas causadas por la guerra. Y en segundo lugar, que fueran troceadas para ser adquiridas por personas de clase media, que les proporcionara trabajo al tiempo que se convertían en nuevos contribuyentes para seguir pagando impuestos.

Pero el plan fracasó porque aquello quedó en manos de desaprensivas fuerzas vivas locales que, en lugar de dividir las fincas, las agruparon para agrandar su superficie y el precio sólo fuera asequible a las grandes fortunas. De esta forma, los ricos fueron más ricos y los pobres más pobres. Y esas fueron las consecuencias de la discusión acerca de si la Corona debía recaer en la persona de Isabel II o sobre su tío don Carlos: creció el latifundio y apareció un nuevo sistema político, el caciquismo.

 

2.- EN ÁVILA

Aunque las leyes desamortizadoras habían comenzado en los primeros años del siglo XIX, su momento culminante se alcanzó con los distintos jefes de gobierno liberales de Isabel II, principalmente, José María Queipo de Llano, Conde de Toreno y Juan Álvarez Mendizábal, que a partir de 1835 dispusieron la venta de bienes eclesiásticos y la supresión de los conventos de varones que tuvieran menos de doce religiosos, sin que en la misma población pudiera haber dos de la misma orden. Un reglamento de 24 de marzo de 1836 dispuso que en cada provincia se creara una Junta Diocesana, que incluía a ayuntamientos y diputaciones, para dar cumplimiento a las disposiciones gubernamentales.

En Ávila dicha Junta fue convocada por el gobernador Domingo Ruiz de la Vega, que se encontró con la existencia de dos conventos de carmelitas, unos calzados y otros descalzos. Recabó la opinión del Ayuntamiento y la Diputación, que se mostraron partidarios de suprimir uno de ellos, el del Carmen, situado junto a la muralla en su lienzo norte, manteniendo el de Santa, donde se dice que nació Santa Teresa. El obispo de Ávila, Ramón María Adurriaga Uribe, se opuso vehementemente a la exclaustración de los conventos. La postura de los prelados españoles no fue unánime. Algunos fueron claramente colaboracionistas con el gobierno liberal y no pusieron obstáculos. Sin embargo, en Ávila se suscitó un arduo enfrentamiento con la diócesis.

Ruiz de la Vega buscó el punto débil del Obispado para llevar a cabo los planes desamortizadores y halló su talón de Aquiles entre los propios carmelitas. Ese era el provincial fray Raimundo González, que por propia iniciativa solicitó la supresión de los dos conventos, desautorizando al mismo Obispo. De esta manera, ante la infamia que significaba la incautación de los bienes de los conventos y la expulsión de los frailes, la actitud de los carmelitas de Ávila no se quedó atrás.

 

3.- ORÍGENES DEL CONFLICTO ENTRE LOS CARMELITAS

Cuando Juan de la Cruz aceptó la reforma de la Orden del Carmelo, que Teresa de Jesús le propuso como una variante para varones descalzos, fue considerado como un renegado y un apóstata por sus superiores. En el Capítulo General de la orden carmelitana celebrado en 1575 se impuso la sumisión de los descalzos a los calzados, lo que el fraile fontivereño contestó con el rechazo. Fue encerrado durante varios días en una celda de Medina del Campo para que olvidara sus ideas reformadoras, resultando inútil.

Dos años más tarde, trataron de doblegarle por la tremenda. El 3 de diciembre de 1577 por la noche fue apresado en Ávila por carmelitas calzados, junto con fray Germán de Santo Matía, que vivían en una pequeña casa junto al convento de La Encarnación. Les conminaron a que retornaran al de Medina del Campo y, ante la negativa, primero, les azotaron, luego, les taparon los ojos y los llevaron a Toledo. Allí un tribunal con jurisdicción carmelitana condenó a Juan de la Cruz por desobediencia y le encerraron en una mazmorra “por rebelde y contumaz” hasta que se retractara.

Juan de la Cruz no sabía dónde se hallaba. Era un convento situado junto al río Tajo, muy cerca del puente de Alcántara y frente al castillo de San Servando. Allí sufrió durante ocho meses toda clase de malos tratos y humillaciones. La celda era oscura y con un pequeño ventanuco en lo alto que daba al río. Estuvo incomunicado y desaparecido para sus allegados. Aquella denigración pasaban por hacerle comer de rodillas mendrugos de pan duro con agua delante de los religiosos mientras le azotaban en la espalda. No tenía ropa y en aquel cuchitril abundaban los piojos.

Fue el momento más negro de la historia de la orden, cuyos biógrafos han tratado de soslayar aquella “caridad cristiana sui generis” manifestando que, si Juan de la Cruz no hubiera pasado por ese trance de deterioro físico y trastorno psicológico, tampoco hubiera podido concebir su poema Cántico Espiritual, la obra cumbre de la literatura mística, que durante meses retenía en su mente, mientras lo repetía constantemente para sobrevivir, ni tampoco su Noche Oscura. Así, hasta que la providencia hizo que llegara de Valladolid un nuevo carcelero, fray Juan Jesús de Santa María, a quien pidió “papel y tinta para hacer algunas cosas de devoción para entretenerse”. Con el transcurso de los días consiguió que se apiadara de él y le facilitara la huida haciéndose el descuidado.

Atando trapos pudo deslizarse por la tapia y saltar dos muros hasta que llegó a un convento de religiosas, donde le dieron un primer auxilio. Según la madre Magdalena del Espíritu Santo “al salir de la cárcel llevaba un cuaderno con romances, coplas y canciones”. A continuación, le enviaron a Pedro González de Mendoza, canónigo de la catedral y administrador del Hospital de Santa Cruz, que le atiende en su casa. Ya antes también había huido Germán de Santo Matía. Fue una afrenta tremenda, que en siglos no sería olvidada por las dos congregaciones carmelitanas.

 

4.- EL CÁNTICO ESPIRITUAL

El Cántico forma parte de sus tres poemas mayores, junto con La Noche Oscura y Llama de Amor Viva. Está escrito en primera persona con un complicado punto de vista narrativo: quien habla es una mujer que busca ansiosamente a su amado hasta encontrarle, momento en que con un lenguaje muy ardiente expresa el goce de la unión amorosa. La fuente del Cántico era el Cantar de los Cantares de Salomón, que había aprendido de memoria en las aulas de la Universidad de Salamanca, donde enseñaba su traductor, Fray Luis de León, perseguido por la Inquisición. Se trataba de un canto epitalámico que evocaba el trance de una noche de bodas.

Tan extraña lírica sorprendió a la jerarquía eclesiástica, que le pidió explicaciones sobre el sentido religioso de aquellos versos aparentemente profanos. Entonces escribió sus famosa Declaraciones: Subida al Monte Carmelo y Noche Oscura del Alma, que nada aclararon.

Sus poemas se hicieron famosos. En cuanto escribía alguno, pasaba de convento en convento antes de que se hubiera publicado. Los frailes consideraban que era la voz de Dios la que se expresaba a través de su pluma. Se conservan unos 90 de ellos. Los estudiosos del Santo no llegaban a deducciones concluyentes acerca de la simbología de los versos, sobre su coherencia y racionalidad. Mucho menos con la religiosidad del momento. Más bien, en sus versos resultaba patente la influencia de los renacentistas Boscán y Garcilaso de la Vega.

 

4.- LA EXCLAUSTRACIÓN

El gobernador abulense consideró que calzados y descalzos eran la misma orden. En consecuencia, ambos tendrían que residir en un único convento, que se sería el de Santa Teresa. A pesar de que los seguidores de la reforma teresiana habían sido reconocidos como orden en 1588, seguían teniendo el mismo superior general. El enfrentamiento secular era todavía tal, que el Provincial carmelitano envió el 15 de enero de 1836 una carta a la Reina en la que le exponía que ante la opción de convivir juntos ambos grupos o tener que abandonar los dos conventos, lo mejor era lo segundo.

Por otra parte, el intendente de la Policía, Alfonso Carrero, informó al gobernador de que en la ciudad se estaban produciendo altercados por los partidarios de la expulsión de los frailes. Ante esta situación, que era clara, Ruiz de la Vega solicitó a la Regente autorización para el desalojo de ambos conventos, alegando: “Hay muchos de ellos que, si no lo piden abiertamente, es por una especie de pudor y porque no parezca que desean abandonar la profesión que abrazaron”. En consecuencia, la Regente ordenó la supresión de los conventos de Ávila y de los que quedaban en la provincia. Y el 8 de marzo de aquel año promulgó el Decreto de Exclaustración General para todos los conventos y comunidades religiosas de varones.

El prior de los descalzos, fray Andrés de San José, relata cómo el 19 de febrero de 1836 se presentó en el convento de la Santa el gobernador acompañado por representantes del Ayuntamiento y de la Diputación para notificarles que, a partir de entonces, la comunidad quedaba disuelta. En los siguientes días hicieron inventario de todos los bienes que había en su interior, que resultaron incautados. El acta fue firmada por fray Alonso de la Paz. Todos los miembros de la orden expulsados tuvieron que ser acogidos en las casas de sus familiares.

No obstante, la iglesia de la Santa fue autorizada a que abriera al público para el culto, quedando a cargo de tres carmelitas sacerdotes, bajo la autoridad civil del Ayuntamiento. En años posteriores el edificio fue destinado a Escuela de Música e Instituto de Enseñanza Secundaria. En 1876, finalmente, el edificio fue recuperado por los carmelitas descalzos y destinado de nuevo a convento. En cuanto al de los calzados del Carmen, fue vendido al vecino Joaquín Pérez en 1845 por 12.500 pesetas. Se destinó a cárcel y hoy es el Archivo Histórico Provincial.

 

Restos del convento de carmelitas calzados del Carmen en Ávila, donde se ha construido el Archivo Histórico Provincial. Aún se conserva la antigua espadaña de la iglesia sobre la muralla, junto a la puerta del Carmen, que hoy es un símbolo de la ciudad.

 

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