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miércoles 5 octubre 2022
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Los Emparedados y el Voto de Tinieblas

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Los Emparedados y el Voto de Tinieblas

 

 

EL EMPAREDAMIENTO FUE UNA COSTUMBRE MUY ARRAIGADA EN LA PENINSULA. PRINCIPALMENTE MUJERES, SE ENCERRABAN VOLUNTARIAMENTE DURANTE AÑOS EN UNA CELDA HASTA QUE LES LLEGARA LA MUERTE

 

 

1.- El emparedamiento.  2.- En Salamanca.  3.- En Astorga.

 

 

1.- EL EMPAREDAMIENTO

Fue una práctica muy difundida en España. Fieles devotos, hombres y mujeres que se sometían voluntariamente a su emparedamiento. Se encerraban entre cuatro paredes de por vida para dedicarse a la oración, hasta que les llegase el día final. El lugar era una estrecha celda adosada a una iglesia o un convento. Contaba solamente con dos huecos, uno a la calle para comunicarse con quienes les visitaban, y otro, hacia el interior del templo para asistir a las misas. No había puerta porque, una vez en el interior, quedaba tapiada, sin más posibilidad de apertura que la de sacar el cuerpo del difunto.

Estas personas estaban muy consideradas por el pueblo, que les proporcionaba limosnas y comida; a cambio, les pedían consejo o que rezaran por ellos. También por la realeza. Los Reyes Católicos concedieron la exención del pago de impuestos “a cualesquiera emparedadas de cualesquiera ciudades, villas y lugares de nuestros reinos”. Los “murados” o “emparedados” debían hacer el Voto de Tinieblas, un ritual previo a su internamiento en el que confesaban sus pecados, se ponían ropa negra para asistir a su propio oficio de difuntos y, finalmente, se acompañaba al nuevo enclaustrado en procesión hasta la celda.

Este fenómeno llegó a ser una moda. Antes y coetáneamente existían los eremitas, exclusivamente hombres entregados a una vida de contemplación y en soledad en el medio rural. Por contra, el emparedamiento se producía en el interior de las ciudades, y el murado podía ser un hombre o una mujer. Era una forma de vivir la religión al margen de la Iglesia y la jerarquía eclesiástica no lo veía con buenos ojos. Fue una situación consentida hasta que, en 1566, el arzobispo de Valencia, Martín Pérez de Ayala, prohibió a sus clérigos administrarles los sacramentos, excepto el de la Extremaunción. La Inquisición llegó a prohibir la lectura del Libro de la muy devota oración de las emparedadas, que les servía de guía espiritual, incluyéndolo en el Índice. Finalmente, con la llegada de la Ilustración, los intelectuales patrios consideraron esta modalidad de extrema clausura como una aberración, quedando definitivamente abolida en 1693.

Alguna de estas mujeres llegó a ser canonizada. Tal fue el caso de la riojana Santa Oria que, por consejo de su maestro espiritual, Don Munio, se emparedó junto con su madre en el convento de San Millán de Suso, en un hipogeo que ella misma había excavado en la ladera de la montaña, a unos pasos del templo de la orden. El prior intentó convencerla de que desistiera sin conseguirlo. Paradójicamente, Don Munio, el inductor al suicidio de la santa, escribió su biografía que, más tarde, Gonzalo de Berceo transcribió al romance en un largo poema, versión que ha llegado hasta nosotros.

 

2.- EN SALAMANCA

Salamanca se caracterizó por la gran cantidad de emparedadas que hubo repartidas por la ciudad. Especialmente destacaba la iglesia de San Juan de Barbalos, donde San Vicente Ferrer pronunció apasionados sermones, joyas de la oratoria de la época, de lo que queda recuerdo en una inscripción sobre una de las puertas. En 1541, San Ignacio de Loyola les hizo una visita, manifestando en su Autobiografía el asombro que le causó la estricta vida de estas mujeres. Llegó a trabar amistad con una de ellas, Juana de San Agustín, persona culta y leída que le regaló varios libros. Más tarde, el guipuzcoano le escribiría desde Roma enviándole en agradecimiento algunas cuentas bendecidas por el Papa para ganar indulgencias.

Esta murada tuvo cierto predicamento entre los salmantinos. Recibió varios legados testamentarios de personajes sin descendencia para que rezase por ellos. Tal fue el caso de Hernando de Pinedo, clérigo y artista, autor del antiguo retablo de la iglesia de Santiago, que vivía junto a la ermita de San Hipólito, en el arrabal de La Puerta de Toro. Según Fernando Íscar Peyra, dispuso varias mandas en su favor ante Santa Cruz del Carpio, notario episcopal. También Sancho Díaz de Salamanca otorgó testamento en favor de otras cuatro enclaustradas de Barbalos.

En este lugar hubo excepciones al emparedamiento de por vida. En 1529, el prior del monasterio de San Agustín recibe una real cédula, recabando información sobre una de ellas que había solicitado partir con su sobrina a Nueva España (México) para labores de evangelización, siéndole concedido. El año siguiente, se autoriza a otra de Barbalos para ir a Nueva España con dos sobrinas y otra religiosa con el mismo fin.

También las había en San Juan del Alcázar, Sancti Spíritus, San Sebastián y San Juan del Blanco. Este último convento del Arrabal, junto a San Polo, sufría cada año las crecidas del rio Tormes, hasta que tuvo que ser abandonado en la famosa riada de San Policarpo en 1626, en la que murieron 142 personas, teniendo que llevar a las emparedadas al de Barbalos. De todo ello se sabe gracias a las disposiciones testamentarias que obran en los antiguos archivos. Hay noticia de Pedro de Alimoges, que dejó diez maravedíes a cada una de las emparedadas de Salamanca, y su hija Inés hizo lo propio en la iglesia de San Miguel de Alba de Tormes, para dos de ellas llamadas doña Mayor y doña María Juanes.

 

3.- EN ASTORGA

Astorga es un icono del emparedamiento. Allí se conserva la única celda de muradas de España, un extraño caso, pues fueron destruidas al prohibirse esa práctica medieval a finales del siglo XVII. Se trata de un pequeño habitáculo de forma irregular, que no llega a cuatro metros cuadrados, situado junto a la catedral, que une la iglesia de Santa Marta, patrona de la ciudad, y la capilla de San Esteban. Tiene dos pequeñas ventanas y una puerta. Una de las ventanas da al exterior, a la calle de Santa Marta. Su peculiaridad es la de tener cortada la parte inferior de los barrotes centrales, dejando espacio para que desde la calle se le pudiera entregar limosnas y comida a la emparedada.

De antiguo, tenía adosados unos pequeños escalones para facilitar a los vecinos su acción caritativa. En la piedra del dintel hay esculpida una frase en latín, tomada del Eclesiastés, que invita a la meditación de los viandantes: “Acuérdate de mi juicio, porque así será el tuyo. Yo ayer, tu hoy”, dice la inscripción. La otra ventana asoma a la iglesia de Santa Marta para poder asistir a los oficios religiosos. En cuanto a la entrada, era una puerta de sillería tapiada, a la que se accede desde la capilla de San Esteban, oratorio que había sido donado por el Obispado a la “Real Hermandad de las Cinco Llagas”. Esta cofradía recogía en sus libros los testamentos en los que se solía hacer algún legado en favor de las emparedadas, algunas de ellas, pertenecientes a esta Hermandad que ha llegado a hasta nuestros días. Ya en 1344 consta el realizado por don Pedro Domínguez, canónigo de la Catedral, de “sendos maravedís a cada una de las emparedadas de Astorga”.

La celda de las emparedadas de Astorga pasa muy desapercibida para los peregrinos del Camino de Santiago, por hallarse emplazada entre dos grandes monumentos, la Catedral y el Palacio Episcopal de Gaudí, pero vale la pena reparar en ella por ser un ejemplar insólito. La astorgana Gregoria Cavero Domínguez ha profundizado en su estudio en la obra Inclusa intra parietes.

(Portada. Ventana de la celda de emparedados de la iglesia de Santa Marta de Astorga)

 

Salamanca, Iglesia de Juan de Barbalos. La ventana tapiada del emparedamiento    

 

Astorga. Iglesia de Santa Marta. Vecinos contemplando la ventana

 

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