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miércoles 5 octubre 2022
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Camilo José Cela. León 1937

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Camilo José Cela. León 1937

 

 

CAMILO JOSÉ CELA ESTUVO EN LEÓN DURANTE LA GUERRA CIVIL Y AFIRMABA: “JAMÁS COMÍ COMO ENTONCES”

 

 

1.- Las memorias de Camilo José Cela.  2.- El soldado Cela.  3.- Llegada a León.  4.- Su paso por La Vecilla.  5.- La conferencia de 1968.

 

1.- LAS MEMORIAS DE CAMILO JOSÉ CELA

En 1991, Camilo José Cela acababa de adquirir la finca El Espinar en Guadalajara para vivir en ella con su segunda esposa Marina Castaño López, convertida en marquesa consorte de Iria Flavia. En aquella casa escribió la obra Memorias, Entendimientos y Voluntades por encargo de Diario 16, en la que reflejaba los anecdóticos recuerdos de su dilatada vida. Hacía referencia a su paso en 1937 por León y la localidad de La Vecilla, a la que considera “un pueblo simpático, con gente hospitalaria y amable, siempre dispuesta a invitar a un vaso de vino o a un vermú”.

Hasta ahí, un relato normal. Ya no lo era tanto el régimen de comidas que recibía en plena Guerra Civil y que describe así: “Desayunaba tres huevos fritos con panceta, morcilla o chorizo, según los días a elegir, un plato sopero de papas de harina de maíz con un dedo de azúcar por encima, dos tazones de café con leche también con mucho azúcar, uno mojando tostadas de pan de mollete con mantequilla y otro secándolo con quince o veinte galletas de María Artiach y dos manzanas y dos plátanos. Almorzaba un plato de sopa e fideos o de macarrones muy espesa, una sopa sustanciosa y como está mandado, otro plato de lentejas con arroz y generosos tropezones de jamón, oreja, morro y torreznos, o de fabada, y dos libras, no creo que le faltase mucho, de carne roja y sangrante poco hecha con una sopera de patatas cocidas sobre las que se había dejado caer una rumbosa y liberal pella de mantequilla, lo acompañaba todo con una hogaza de pan candeal que comía casa entera y dos vasos de vino tinto del Bierzo, pero en vaso de agua, que cabe más. Siempre me daban postre de cocina, leche frita o flan o arroz con leche. Después de comer entraba en coma y dormía una siesta de dos horas largas… Merendaba un bollo de pan con carne de membrillo y una copa de vino de jerez dulce, de Pedrojiménez. Y cenaba un plato de pesca, que siempre es más ligero, pesca o pescadilla, un gallo frito… y un cuenco de leche espesa y sabrosa, con mucha nata, capaz de levantar a un muerto… cuando me iba a dormir, me acordaba de mis padres y mis hermanos pasando hambre en Madrid y me remordía un poco la conciencia…».

 

2.- EL SOLDADO CELA

La Guerra Civil sorprendió a Camilo José Cela en Madrid a la edad de veinte años. Creyó que su sitio estaba en la zona sublevada y consiguió huir de la capital para llegar a Valencia, de donde sale al amparo de la embajada inglesa. Subió a un barco que iba a Francia y consiguió entrar de nuevo en España a través de la frontera a Irún. Para incorporarse al ejército nacional se dirigió a Logroño, al Regimiento de Infantería Bailén número 24, que luchaba en la zona aragonesa de Los Monegros. Allí cae herido y es ingresado en el hospital militar logroñés, en la antigua Escuela de Artes y Oficios, donde permanece durante veinticinco días.

De aquel centro ya no salió para el frente, sino para su domicilio familiar de Padrón. Los médicos le habían detectado una tuberculosis y el tribunal médico le calificó como inútil total para el servicio. Le facilitan un pasaporte de viaje en tren con destino a su localidad natal. Durante tres días permaneció en la estación del ferrocarril a la espera de que algún convoy pasara. Hasta que llegó uno que lo inundaba todo de carbonilla, debiendo realizar el viaje de pie por falta de espacio. Recuerda la lentitud con que llegaban a las estaciones de Miranda de Ebro, Briviesca, Santa Olalla o Venta de Baños, donde cambió de tren para ir a Galicia, siguiendo por Villada, Sahagún… Y narraba la noche como si fuera la escena de un tren atravesando la fría estepa rusa en la película Doctor Zhivago: “Los soldados dormían tendidos en el suelo y en rueda, es decir, cada uno con la cabeza reclinada en el culo del anterior, con la cabeza del siguiente apoyada en el culo propio. A mí me tocó para mi confundida cabeza sobre un triste rifeño que me coció a pedos”.

 

3.- LLEGADA A LEÓN

Cuando llegó a León de madrugada estaba muy cansado y duda entre quedarse y pasar la noche en aquella estación o ir hasta la casa du su tío Pío, hermano menor de su padre. Pero, finalmente, optó por pedir a un guardia civil y a un sereno que le ayudaran a encontrar una pensión: “Encontré una cama en la lóbrega Pensión Llamazares, en un tercer piso de la calle Tras de los Cubos, más allá de la Catedral y de la plaza de San Pedro. La dueña se llamaba doña Regla y parecía una bruja con bigudíes. Pero tenía buenos sentimientos y me preparó un tazón de leche caliente”. Al menos conseguía dormir en una cama, aunque le costara una peseta con veinticinco céntimos y tuviera que compartir la habitación con otros cuatro.

Por la mañana temprano partió hacia la casa de su tío, que vivía en la calle Padre Isla 2, tercero izquierda, y era ingeniero de obras públicas. Se trataba de una familia acomodada. Le recibieron su tía Concha y sus primas Conchita, Ana María y Teresa, que se dieron un susto al ver su mal aspecto. Le dieron comida suficiente para que se repusiera y le instalaron una cama turca en el despacho. Cela decía que «era una casa confortable y bien instalada, quizá un poco solemne y aparatosa”.

A los tres días le llevaron a un médico. Era don Olegario Llamazares, que tenía la consulta en la Casa Botines, que Gaudí dejó en León para regocijo de turistas. Tras sacarle unas placas y hacerle un análisis, no dejaba lugar a dudas: “Estaba tísico de hambre”. Como si fuera el pavo que la familia guarda para Navidad, el facultativo prescribió que tenían que someterle a un plan de engorde, a ser posible, rodeado de aire puro. Así terminó en la Fonda Ricardo de La Vecilla, en plena montaña leonesa, donde recuerda que “comí, mejor dicho, devoré como jamás volví a hacerlo en mi vida”.

 

4.- SU PASO POR LA VECILLA

Es ahí donde comienza su régimen alimenticio, del que comentaba: “A cualquiera le puede parecer una barbaridad lo que yo comía entonces y quizá sea cierto, pero yo estoy seguro de que le debo la vida a aquel disparatado régimen de engorde”. Y añadía: “En 1937 no comían eso entre todos los vecinos de mi pueblo, anda que no había hambre».

Cela describe los pormenores de su vida diaria. En la misma fonda se hospedaban las fuerzas vivas, el juez, el notario y un comandante. Comía con todos ellos en torno a una mesa camilla con faldillas de terciopelo que guardaba en calor del braseo y participaba de sus conversaciones hasta que empezaban a discutir. Entonces, se escaqueaba e iba a visitar a otras amistades, como el medico Bernardo Pinilla o la boticaria, María Luisa, con quien paseaba los domingos por la carretera.

Señaladamente, le llamaba la atención un preso, Arsenio Genestoso, que estaba encerrado por cuatrero. Era el único presidiario de aquella peculiar cárcel, un antiguo torreón de la familia Álvarez Acevedo, antiguos señores de aquellos valles. El carcelero era Cesáreo Martín, el cabo de la Guardia Civil, que como tenía confianza en él, le dejaba las llaves, así salía a la calle y entraba cuando le parecía. Eso sí, con un orden. Por las mañanas después de echar de comer a sus gallinas y conejos, se dedicaba a hacer recados a los paisanos. Una vez cumplidos los encargos, se volvía a encerrar en la cárcel sin que nadie le dijera nada. Cuando Cela le veía, le invitaba a tomar algo en el Bar Oriente, de la viuda de Tomás Orejas, y ambos agradecían aquel momento. En cierta ocasión preguntó al cabo si no temía que se escapara, a lo que éste le respondió: “Pero adonde se va a escapar con la que está armada”. Y así fue pasando el mes y medio que permaneció en La Vecilla, hasta que el 3 febrero de 1938 partió hacia Padrón más que repuesto.

 

5.- LA CONFERENCIA DE 1968

Cuando habían pasado treinta años, recordaba todos esos avatares en una conferencia que dio en el Colegio de Médicos de León bajo el título Examen de conciencia de un escritor. Rememoraba cómo su familia estaba pendiente de él. Se escribía con su abuela Kate, que vivía en Londres, y sus tíos de León le visitaron con frecuencia. Relataba cómo eran las costumbres de La Vecilla, condicionadas por el intenso frío del invierno, hasta quince grados bajo cero. Los habitantes usaban madreñas, que eran iguales a los zuecos de Galicia, y resaltaba: “Los zaguanes de las casas aparecen llenos de madreñas, parecía que estaba en una mezquita. Por las madreñas se conocía quien estaba de visita, porque eran todas diferentes”. Él mismo las usaba ayudado por un paraguas: «Al principio me caía, pero me acostumbré pronto, tampoco era tan difícil». Obviamente, de nuevo habló de su especial tratamiento alimenticio, asombrando a los asistentes aquella capacidad de embuche. Un día especial para el Premio Nobel fue el 6 de enero. Entonces, bajó a León y los Reyes Magos le habían dejado en la casa de sus tíos una botella de quina, tres pares de calcetines y una pluma estilográfica que al Premio Nobel le fue de gran utilidad, sin duda.

Camilo José Cela siempre tuvo a León en sus recuerdos. A menudo mencionaba el asentamiento romano de la Legio VII que dio origen a la ciudad. Y puede que en eso pensara cuando afirmaba: “En España sólo hay dos ciudades, Salamanca y Santiago de Compostela, lo demás son campamentos”.

(Foto portada. Camilo José Cela en 1996. Ricardo Asensio)

Fundación Camilo José Cela.  Museo

 

 

Panorámica de La Vecilla

 

Torreón de La Vecilla, hoy Ayuntamiento

 

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