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miércoles 5 octubre 2022
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Cuando Valladolid fue la capital del Reino…

 

 

EN VALLADOLID SE FRAGUÓ EL PRIMER PELOTAZO INMOBILIARIO DE LA HISTORIA DE ESPAÑA Y EL PRIMER VADEMÉCUM DE LA CORRUPCIÓN POLÍTICA

 

 

1.- La primera gran especulación inmobiliaria.  2.- Una ciudad en continuo festejo.  3.- Unas exequias accidentadas.  4.- Adulación cortesana.  5.- El retorno de la Corte a Madrid.

 

 

1.- LA PRIMERA GRAN ESPECULACIÓN INMOBILIARIA

Cuando Felipe III accede al trono, su primera decisión fue dejar el gobierno en manos de su caballerizo, Francisco de Sandoval, Duque de Lerma, casado con Catalina de la Cerda, matrimonio que en breve se sitúa en la cúspide de la nobleza española. En esa nueva clase en la que trúhanes y vividores pululaban, surgieron aventureros como Pedro Franqueza, al que Lerma hizo Conde de Villalonga, o su paje Rodrigo Calderón, nuevo Marqués de Sieteiglesias, quienes coparon los principales puestos políticos y financieros del país. Todos ellos eran familiares y allegados que conformaron un entramado para controlar a la Corona.

Una vez hecho con las riendas del poder, el Duque de Lerma planeó dar el primer pelotazo urbanístico de la historia de España mediante el traslado de la Corte a Valladolid en 1601. Para ello, el año anterior ya había comprado a precio de saldo el Palacio Real situado frente al convento de San Pablo, un gran edificio construido por Francisco de los Cobos, secretario de estado de Carlos V, para luego vendérselo al Rey por un precio astronómico. También adquiere una gran extensión de terreno en la margen derecha del rio Pisuerga, frente a la ciudad, en la zona que hoy se denomina “Huerta del Rey”, que acotó para la práctica de la caza por el monarca. Allí, Lerma construyó el Palacio de la Ribera, que de nuevo vendió al monarca para su esparcimiento veraniego, del que aún se conservan algunos restos.

Al mismo tiempo, se hizo propietario de numerosas casas por toda la ciudad, convirtiéndose en el indispensable agente inmobiliario al que debían acudir los miles de cortesanos que hubieron de trasladarse a Valladolid para conseguir una vivienda. La apretura de la ciudad fue tal que tuvieron que reubicar la Real Chancillería y el Tribunal de la Inquisición en Medina del Campo, donde se reprodujo un aumento similar de población y de la carestía de la vida, causada por la ingente cantidad de funcionarios reales que fueron llegando a la villa del mercado. En consecuencia, el mismo caos.

 

2.- UNA CIUDAD EN CONTINUO FESTEJO

Desde que en 1601 el Duque de Lerma lleva la Corte de Madrid a Valladolid, va arruinando paulatinamente a la ciudad por los numerosos festines y saraos, ampliamente relatados por el portugués Tomé Pinheiro da Veiga en su obra Fastiginia, que se celebraban, incluso en Semana Santa y con malestar del clero, sufragados con los impuestos de los vallisoletanos. En todo momento, trató de alejar al Rey de las influencias de su madre, doña Ana de Austria, y más tarde de su esposa, Margarita Austria, quienes querían que la Corte estuviera en Madrid. Sandoval tenía una razón de peso para apartarles del monarca: tener la exclusividad de lo que hoy se denomina “información privilegiada”.

En su vertiginosa espiral de enriquecimiento, compró terrenos en Cea (León) y Lerma (Burgos), que pagó con fondos de la Hacienda Pública, con cargo a unas indemnizaciones que los Reyes Católicos dejaron impagadas a los antepasados de ciertos propietarios. En Lerma construyó un palacio en la Plaza Mayor que recuerda al monasterio de El Escorial.

Por otra parte, concibió la idea de convertir el convento de San Pablo en un monumento funerario postrero para él y su familia, parangonable con el de los anteriores Reyes, Carlos I y Felipe II, en El Escorial. Con este fin proyectó levantar junto al presbiterio dos lucillos con estatuas. A un lado, el Duque y la Duquesa, al otro, sus tíos los arzobispos de Sevilla y Toledo, Cristóbal y Bernardo de Rojas. Todas ellas fueron erigidas, salvo la de Cristóbal, pues a la muerte de éste el Duque ya había caído en desgracia para el Rey. Sandoval hizo el encargo de las dos primeras figuras al milanés Pompeyo Leoni, escultor que, junto a su padre, había forjado en bronce los dos grupos orantes de Carlos I y Felipe II de El Escorial.

Por su avanzada edad, Leoni sólo dirigió la realización, pues fueron fundidas en el taller de Jacobo Trezzo (Jacometrezzo) de Madrid, y elaboradas definitivamente por el leonés Juan de Arfe. Según los especialistas, es sobre todo la pieza de la Duquesa la que presenta un grado de realismo mucho más refinado que las de El Escorial, con unos pliegues en el ropaje y una minuciosidad ornamental que ha sido calificada como “primor de orfebrería” difícil de emular.

 

3.- UNAS EXEQUIAS ACCIDENTADAS

El fallecimiento de la Duquesa quedó reflejado en la crónica del historiador Luis Cabrera, publicada en Madrid en 1857, incluida en su obra Relaciones de las cosas sucedidas en la Corte de España desde 1599 hasta 1614, donde proporciona un relato pormenorizado de las extravagancias que acaecieron. Había constancia de que el deseo de su esposa era que a su muerte fuera enterrada en la villa soriana de Medinaceli. Pero, el Duque no lo respetó y se obstinó en hacerlo en el convento de San Pablo de Valladolid.

El fallecimiento de su esposa le había sobrevenido en Buitrago de Lozoya (Madrid) cuando iban camino de Burgos. El traslado del cadáver suponía una larga marcha desde aquella localidad a través de la meseta en pleno verano. A los pocos días, ya desprendía un hedor que notaban los vecinos de los lugares por donde pasaba aquel largo séquito, compuesto por el Arzobispo de Zaragoza, el Duque de Medinaceli, el Conde de Lemos y Gelves y otros nobles. A su llegada al convento dominico de Belén, Lerma determinó que el entierro fuera realizado aquella misma noche en el convento de San Pablo en secreto.

Al día siguiente, la comitiva continuó desde Belén hasta Valladolid con el ataúd cargado de piedras, siendo colocado sobre un túmulo en medio del templo de San Pablo. Su medida era de treinta pies de alto, con diez gradas cubiertas con un terciopelo negro y un paño brocado en la parte superior. El féretro fue subido por el interior del artefacto con cierto ingenio. De los muros colgaban paños negros y habían sido colocados grandes escudos con las armas del Duque y leones rampantes. Las damas y los caballeros de la Corte fueron pasando por delante de aquella caja con piedras para expresar sus condolencias. Todos ignoraron lo sucedido.

La Duquesa de Lerma, Catalina de la Cerda, había nacido en la localidad vallisoletana de Cigales. Era hija de los Duques de Medinaceli, donde aún se conserva el palacio de sus ancestros. Originarios de Francia, el blasón nobiliario estaba formado por una flor de lis en oro con fondo azul. Esta cruz fue hecha esculpir por el Duque por todo el claustro del Colegio de San Gregorio de Valladolid, junto al yugo y las flechas de los Reyes Católicos, motivo muy resaltado en la literatura del Siglo de Oro.

 

4.- ADULACIÓN CORTESANA

La nobleza que se daba cita en Valladolid recurría al arte, especialmente a la literatura, como objeto de lujo y ostentación en las selectas veladas que se organizaban. Esto suponía para los escritores una posibilidad de acogerse a su mecenazgo o protección, lo que dio pábulo a que circularan por la ciudad castellana poesías panegíricas o laudatorias, cuyo objeto era meramente el de adular en los círculos cortesanos. Los poetas exaltaban cualidades a los gobernantes que nada tenían que ver con su verdadera ineptitud. Se trataba de un falseamiento consciente e interesado en lo que Góngora y Quevedo eran buenos expertos.

Con ocasión de la muerte de la Duquesa proliferaron los versos epitáficos que, siguiendo las normas de Herrera o Garcilaso, no debían ser reales, sino ficticios, por lo que hoy día resulta difícil saber a quién iban dirigidos si se desconoce el contexto histórico concreto que indujo a escribirlos. Son ininteligibles. Quevedo se lo toma tan al pie de la letra, que envió varios epitafios a Góngora en vida, con lo que a veces el género pasaba de ser funerario a burlesco. El abuso que se hizo en Valladolid de estos versos en la Corte, por la intención lisonjera de sus autores, fue motivo para que Cervantes los ridiculizara en el Prólogo de El Quijote.

Aquel ambiente cortesano y fastuoso que se desarrollaba en Valladolid a espaldas de los súbditos y a su costa, no podía ocultar la verdadera situación de miseria de la España real. Vivir era caro y la carne o los productos del campo se volvieron escasos e inaccesibles, porque toda la producción era acaparada por la Corte. Comenzaron a correr coplas y pasquines por sus calles denunciando la corrupción de personas concretas. Ya había llegado el momento de salir de allí.

 

5.- EL RETORNO DE LA CORTE A MADRID

En 1606 la Corte vuelve a Madrid dejando a Valladolid arruinada por las dilapidadoras fiestas promovidas por Lerma. Pero, éste se disponía a llevar a cabo la segunda fase de su plan especulativo. Durante de los cinco años anteriores, estuvo comprando calles enteras de Madrid, prácticamente, todas las viviendas del Paseo de Prado, que habían perdido mucho valor y con el regreso se revalorizaron. Para convencer al Rey de la conveniencia de su vuelta, había conseguido que el Concejo le hiciera una donación de 250.000 ducados en concepto de indemnización por el traslado, de los que un tercio serían para él.

En vista de tanto desaguisado, se forma una camarilla encabezada por su propio hijo, el Duque de Uceda, la reina Margarita de Austria y el Conde Duque de Olivares para conseguir que el Rey quitara toda aquella trama del gobierno. Empezaron por Rodrigo Calderón, que en poco tiempo había amasado una ingente fortuna de la que hacía alarde con tan inusitada soberbia, que no sólo molestaba al pueblo llano, sino a gran parte de la nobleza. Tras la muerte de Felipe III, Olivares ordenó la ejecución de Calderón en la Plaza Mayor de Madrid, que el reo aceptó con tal entereza que de aquel trance surgió la frase “tener más orgullo que Calderón en la horca”. Fue investigado el patrimonio personal de todos los altos cargos que le rodearon, entre ellos, Pedro Franqueza, que tuvo que devolver un millón y medio de ducados y terminó su vida en la prisión del Castillo de León. Una cantidad que Ramón Carnicer consideraba que equivalía a una quinta parte del presupuesto de la Corona.

El Duque de Lerma consiguió la evasión de la justicia y la pena de muerte gracias a la concesión por el Vaticano del capelo cardenalicio. Pero fue despojado de todos sus bienes y confinado en Tordesillas, su ciudad natal, muriendo en 1623 tras haber ejercido un abusivo poder durante veinte años. Por su condición eclesiástica, el decreto real le fue comunicado por fray Juan de Peralta, prior de El Escorial. También se le condenó a devolver 72.000 ducados anuales a la Hacienda Pública tras ser acusado de malversación. Por aquellos días circularon de boca en boca unos versos de Quevedo, que algunos atribuyen al vulgo indignado, que decían: “Para no morir ahorcado, el mayor ladrón del Reino, se vistió de colorado”.

(Foto portada. Palacio Real de Valladolid)

 

Francisco de Sandoval, Duque de Lerma

 

Catalina de la Cerda, Duquesa de Lerma

 

Patio del Palacio Real

 

Convento de San Pablo

 

Atrio del Colegio de San Gregorio

 

Resto del Palacio de la Ribera. Al fondo se aprecia el edificio más alto de Valladolid, paradójicamente, llamado «Duque de Lerma» (Foto. Jaime Carranza)

 

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