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miércoles 5 octubre 2022
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Los correos del Emperador Carlos V

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Los correos del Emperador Carlos V

 

CUANDO CARLOS V VOLVIÓ DE FLANDES PARA SU RETIRO DE YUSTE, FUE RECIBIDO CON FRIALDAD POR LOS CASTELLANOS, QUE AÚN RECORDABAN LA GUERRA DE LAS COMUNIDADES

 

 

1.- En Valladolid.  2.- La improvisación.  3.- Los correos.  4.- Las etapas.  5.- En Yuste.

 

 

1.- EN VALLADOLID

En 1556, Carlos V se dirige hacia Valladolid, camino de su retiro en Yuste, tras haber desembarcado en Laredo procedente de Bruselas, donde había abdicado de todos sus cargos. Vuelve a los inicios, cuando una vez nombrado Rey de España, entró en la ciudad castellana con el aparente propósito de visitar a su madre, Juana de Castilla, recluida en Tordesillas, con quien formalmente compartía la Corona. Entonces, llegaba un joven encumbrado y ambicioso, que iba a ser coronado Emperador del Sacro Imperio Germánico. Ahora, era distinto, como él mismo decía, viejo y cansado. Pero algo no había cambiado. Seguía haciéndose acompañar por su guardia flamenca, extranjeros a los que el pueblo detestaba.

En su recuerdo persistían los sucesos de 1520, cuando los castellanos aclamaron su llegada para, posteriormente, sentirse engañados. En aquella ocasión, le asistía su consejero Guillermo de Croy, quien les hizo creer que el monarca iba a quedarse en España y necesitaba urgentemente 300.000 maravedíes. Pero no era así. En realidad, pretendía disponer de fondos para acudir a la ciudad alemana de Aquisgrán y ser investido Emperador del Sacro Imperio, no sin antes conseguir que los otros candidatos europeos se retiraran después de compensarles.

El pueblo ya estaba hastiado, porque al morir el Cardenal Cisneros, nombrado Regente por las Cortes, Carlos V se apresuró a repartir cargos entre los extranjeros, incluido el de Regente, para Guillermo de Croy, señor de Chèvres, que tenía veinte años y no residía en España. El soberano no se comunicaba con sus súbditos y sus cancilleres flamencos tampoco, en parte, porque ninguno de ellos hablaba castellano. Don Fadrique Álvarez de Toledo, Duque de Alba, fue el primer miembro de la nobleza que empezó a levantar la voz en contra de las costumbres borgoñonas que había importado: el monarca se hacía rodear por un círculo muy pequeño de personas de confianza y era inaccesible al pueblo, que pagaba muy caro aquel protocolo fastuoso y extraño a la austera Castilla.

Carlos V ordenó que se celebraran Cortes en Santiago de Compostela y La Coruña, argumentando que no era bueno que aquellas alejadas tierras se mantuvieran al margen de las decisiones que se tomaban en Castilla. En realidad, buscaba zarpar de inmediato en cuanto hubiera obtenido el recaudo extraordinario, dejando como regente al flamenco Adriano de Utrecht. Simuló esta premura permaneciendo tres días en Tordesillas para visitar a su madre, la reina Juana. Pero la población vallisoletana, ya percatada del saqueo y de la burla, intentó impedirle la salida bloqueando la Puerta del Campo (hoy Plaza de Zorrilla).

Un portugués tocó a rebato las campanas de la desaparecida iglesia de San Miguel y los vallisoletanos dificultaron el paso de la comitiva real. Nunca le había sucedido algo parecido. A duras penas, tuvo que salir huyendo por aquella Puerta, que los vecinos no llegaron a tiempo de cerrar. Los castellanos pagaron muy caro aquella ignominia. El Rey ordenó que los insurrectos fueran ejemplarmente castigados, desde el que tocó las campanas, hasta los dos curas de la iglesia. Muchos fueron injustamente torturados y este hecho hizo que las ciudades se levantaran ante la opresión real, surgiendo así el movimiento de las Comunidades que, dos años después, fue duramente aplastado.

 

2.- IMPROVISACIÓN

Poco se sabe del paso de Carlos V por Valladolid, salvo que no quería recibir a nadie, como había hecho en Burgos. Únicamente, ante la insistencia de Luis de Quijada, que le hizo comprender que “no es justo que entre tan escondido, sino que todos le viesen”, añadiendo, “así se resolvió conmigo que le llevase donde quisiese, con tal que no fuese por la Puerta del Campo”. En la ciudad castellana pasó quince días organizando el resto del viaje, que hasta el momento había sido muy improvisado.

En su desembarco en la localidad cántabra Laredo, prácticamente no tuvo recibimiento, tan sólo el alcalde de Durango y Pedro Enríquez, Obispo de Salamanca. Su mayordomo, Quijada, que se hallaba en su señorío de Villagarcía de Campos, no fue avisado y tuvo que salir al galope para llegar a Laredo en tres días, descansando en las casas de postas el tiempo indispensable para cambiar de caballo. Fue recibido con gran satisfacción por el monarca, a juzgar por los posteriores comentarios de Martín de Gaztelu: “El Emperador va muy solo. Sólo habla con Quijada”. Y continuaron la marcha tras dividir el séquito en dos grupos, para que el primero de ellos fuera un día por delante para ir preparando los alojamientos.

En esos momentos, Juana de Austria, hija menor de Carlos V y madre del rey don Sebastián de Portugal, ejercía la regencia en Castilla, dentro del periodo de 1554 a 1559, en que tanto Carlos V como su hijo Felipe II estuvieron ausentes del país. Se duda sobre si la falta de previsión en el viaje fue un descuido de su hija o algo intencionado. Era sabido que Juana tenía serias divergencias con su padre, porque no se limitaba a cumplir sus órdenes, sino que decidía y resolvía con gran acierto los asuntos de política urgente. Llegados a Valladolid, el césar Carlos se alojó en el Palacio Real (hoy Capitanía Militar), un edificio construido por Francisco de los Cobos y Molina, su anterior Secretario de Estado para asuntos de España.

 

3.- LOS CORREOS

El Emperador convocó a un equipo de nobles reducido, pero muy eficaz, que en lo sucesivo le tendrían al corriente de los asuntos de la Corte, de otros Estados y de América:

Juan Vázquez de Molina. Secretario de Estado para asuntos de España, al que nombró un año antes en sustitución de su tío Francisco de los Cobos, estaba al cargo de toda la Administración ordinaria y dominaba el aparato estatal.

Luis de Quijada. Señor de Villagarcía de Campos. En calidad de Mayordomo Real asistió a Carlos V en Yuste hasta que falleció. Tuvo con él a su esposa, Magdalena de Ulloa, y a Jeromín, el futuro don Juan de Austria, hijo bastardo del Emperador al que reconoció in extremis.

Martín de Gaztelu: secretario particular y albacea del monarca. Actuaba de contrapeso del todopoderoso Juan Vázquez. Redactó sus disposiciones testamentarias y el inventario de sus bienes.

Raimundo de Tassis. Correo Mayor de Su Majestad instalado en Valladolid y Caballero de la Orden de Santiago. Una vez recluido en su apartado retiro de Yuste, sería primordial para mantener a Carlos V en contacto con cualquier sitio del imperio a través de numerosos puntos de postas.

Los Tassis eran una familia de origen italiano. Su antecesor más destacado fue el lombardo Francisco de Tassis, que ejerció el cargo de Correo Mayor con el emperador Maximiliano I de Habsburgo y con Felipe el Hermoso, padre de Carlos V, sucediéndole sus familiares, Simón, Juan Bautista, Mateo, hasta llegar a Raimundo de Tassis. Éste firma un acuerdo con el Emperador, por el que, a cambio de recibir el monopolio de postas, se comprometía en exclusiva a realizar el servicio diario de mensajería de la Corte allí donde estuviere, bien abriendo nuevas rutas o siguiendo el mapa de caminos del cartógrafo Juan Villuga, publicado en 1543 en Medina del Campo por el impresor Pedro de Castro.

La red de Tassis estaba formada por un sinfín de casas de postas con servicio de posada y correo, regentadas por un maestro de postas, con un grupo de postillones a su cargo que atendían la caballeriza y a los correos que iban llegando con los comunicados de la Corte. Los postillones acompañaban a los correos cabalgando hasta el siguiente punto, donde cambiaban los dos caballos por otros de refresco, retornando al punto anterior con los animales tras haberse repuesto.

Carlos V quiso realizar el viaje a Yuste por un camino secundario que partía desde Simancas, procurando sortear los concurridos mesones de las postas, lo que dificultaba la labor de los correos. El viaje se desarrolló con una notable rapidez, a razón de 6 leguas o 30 kilómetros de media por jornada, transportado en una litera tirada por mulas. La comunicación era incesante entre el Mayordomo Luis de Quijada, que le acompañaba, y el Secretario de Estado, Juan Vázquez, que estaba pendiente en la Corte por si surgía alguna incidencia. El protocolo de los mensajes era diario, aunque sólo fuera para confirmar que no había ninguna novedad. Los correos pueden ser seguidos meridianamente en la obra Estancias y viajes del Emperador Carlos V del historiador abulense Manuel de Foronda y Aguilera.

 

4.- LAS ETAPAS

El Emperador partió de Valladolid el día 3 de noviembre de 1556, no queriendo que nadie le despidiese más allá de la Puerta del Campo. Hizo una primera parada en Valdestillas y prosiguió hasta Medina del Campo. Los medinenses le recibieron fríamente. Aún tenían el recuerdo de aquel nefasto año de 1520 en que sus tropas incendiaron la ciudad, la más próspera de Castilla, dejándola devastada por negarse a entregar el armamento de artillería que albergaba en sus cuarteles para ser utilizados contra los comuneros Segovia.

Tuvo que alojarse en las afueras de la localidad, en el palacete renacentista conocido como Casa Blanca, propiedad del banquero Rodrigo de Dueñas. Carlos V siempre dependió de los prestamistas, ya fueran alemanes, como los Fugger o los Welser (castellanizados, Fúcares y Balzares), o españoles, como Rodrigo de Dueñas o el propio Raimundo Tassis, a quienes pagaba los intereses concediéndoles monopolios, como en el caso de Dueñas, el de la venta de naipes. El emperador se sintió incomodado en su estancia por la ostentación de lujo de que dio muestras el cambista medinense. Le puso un brasero de oro macizo, quemando en él palos de canela de Ceilán, cuyo olor no soportaba. También le molestó que quisiera besarle la mano. Quedó tan harto que ordenó que le pagasen el hospedaje, a pesar de era considerado como un invitado. Y cuando alcanzó el siguiente pueblo, Horcajo de las Torres, exclamó: “Gracias a Dios ya no tendré más visitas ni recepciones”.

A Peñaranda de Bracamonte llegó sin ninguna acogida. Se sabe que allí durmió, pero se ignora quién le dio alojamiento. La zona pertenecía al Señorío de los Bracamonte, familia comunera de Ávila que había sido castigada con severidad. En los mencionados sucesos del incendio de Medina del Campo, los soldados del Emperador prendieron fuego a la mansión de Álvaro de Bracamonte, que regentaba un próspero negocio de exportación textil. Fue condenado a muerte y luego indultado. El monarca sólo era bien recibido por donde pasaba si en aquel lugar había algún cortesano. Pero el pueblo le mostraba una total indiferencia y no le rendía honores, y más sabiendo que ya había abdicado.

Al día siguiente entró en Alaraz por el puente del río Gamo, a través de la calle que aún se llama Calzada de Peñaranda, donde pernoctó. E igualmente hizo en Gallegos de Solmirón, desde donde enfiló una larga etapa hasta El Barco de Ávila. El magno castillo de Valdecorneja que asoma al río Tormes, hubiera sido el aposento idóneo, pero su propietario, Fernando Álvarez de Toledo, III Duque de Alba, se encontraba batallando en Italia. En su lugar, le albergó Pedro de la Gasca, que varios años antes había traído al monarca un importante cargamento de oro de América. La localidad barcense fue la que mejor acogió a Carlos V y a sus soldados flamencos, borgoñones e italianos, posiblemente, más por ser súbditos del Duque de Alba que del propio Emperador. Allí recibió un juego de colchas que su hija Juana le había enviado desde Valladolid para combatir el frío.

Al amanecer, partió para Tornavacas, donde se entretuvo viendo pescar truchas en el río Jerte, que luego comió. Más tarde le propusieron seguir el viaje por Plasencia, tardando tres días más. Pero el soberano ya se sentía muy cansado y quería llegar a su destino cuanto antes, decidiendo que irían monte a través por la Sierra de Tormantos, sin que hubiera ningún sendero que seguir, entre torrentes y precipicios. Campesinos de Tornavacas y de Guijo de Santa Bárbara iban delante desbrozando el camino con pico y pala, incluso poniendo losetas, de las que hoy alguna se mantiene. La jornada fue muy penosa, atravesando barrancos por los que la litera no podía moverse, viéndose en la necesidad de ser llevado en una silla a hombros de braceros. Se sentía exhausto porque sufría de gota y hemorroides, de modo que, al llegar a la cima del Puerto Nuevo, se lamentó diciendo: “Ya no franquearé otro puerto que el de la muerte”.

 

5.- EN YUSTE

La elección de Yuste como lugar de retiro de Carlos V se debió al consejo de Luis de Ávila y Zúñiga, Marqués de Mirabel, persona de toda su confianza en Plasencia, que también le propuso que aguardara a que finalizara la construcción del palacio en el castillo de Jarandilla de la Vera, propiedad de Fernando Álvarez de Toledo, Conde de Oropesa. Las obras que dirigían el arquitecto Gaspar de Vega y fray Antonio de Villacastín, director de obras de El Escorial, se prolongaron tres meses. El diseño fue ideado por el propio Emperador evocando su palacio natal de Gante y quedó adosado al convento jerónimo construido un siglo antes.

Una vez instalado en Yuste, de nuevo, las relaciones con los vecinos fueron conflictivas. Su personal se tuvo que alojar en el pequeño pueblo de Cuacos, alterando la tranquila vida de sus habitantes que llegaron a pasar hambre. El servicio del monarca acaparaba todo lo que se producía, fruta, verduras, carne, pescado, lo que hizo que escaseara el abastecimiento y subieran los precios. Los lugareños se vieron en la tesitura de pescar truchas en zonas acotadas para el soberano, de robarle la leche de las vacas o las cerezas de los árboles que ya había pagado.

Peor fue cuando se amotinaron al enterarse de que en el pueblo iban a abrir una mancebía para el folgar de los soldados, a lo que se opusieron rotundamente, teniendo que ser finalmente emplazada en la cercana localidad de Garganta la Olla. El lupanar fue llamado La Casa de la Muñeca, porque había una muñeca en la puerta para indicar que estaba justamente allí, para que los flamencos, que no hablaban castellano, no se equivocaran de puerta y así evitar mayores altercados. Dicho inmueble aún existe como recuerdo histórico.

Durante el año en que Carlos V vivió en Yuste se dejó llevar en demasía por su gran pecado capital, la gula. Comía exageradamente. Cuando en España no se conocía la cerveza, en Yuste contaba con un grupo de maestros cerveceros alemanes que la elaboraban para él. Su escribano Martín de Gaztelu redactó sus últimas voluntades, que quedaron depositadas en el Archivo General de Simancas. Y también registró aquella cerveza por primera vez en España, toda una novedad que tuvo el alcance que ya conocemos.

(Foto portada. El Emperador Carlos V por Pieter Paul Rubens)

 

Litera donde Carlos V fue llevado a Yuste

 

Casa de Pedro Lagasca en El Barco de Ávila

 

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