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San Juan de la Cruz y Santa Teresa en Duruelo

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San Juan de la Cruz y Santa Teresa en Duruelo

 

 

SANTA TERESA Y SAN JUAN DE LA CRUZ ESTABLECIERON EL PRIMER CONVENTO DE CARMELITAS DESCALZOS EN DURUELO DE ÁVILA

 

 

1.- El Patronato Real.  2.- Los inicios.  3.- En Medina del Campo.  4.- Fundación de Duruelo.  5.- Traslado a Mancera de Abajo.  6.- Compra del convento de Duruelo.

 

 

1.- EL PATRONATO REAL

La Orden de los Carmelitas Descalzos, en su variante masculina, nació en el convento abulense de Duruelo. Aquel lugar fue muy considerado por el rey Felipe IV, confiriéndole en 1648 la designación de “Real Monasterio de Nuestra Señora del Monte Carmelo de Duruelo” mediante la aprobación de una Real Cédula, a la que siguieron otras en las que el monarca ordenó al Consejo Real que se le proveyera de todo lo necesario para construir la iglesia y se les asignara rentas para su sostenimiento, al tiempo que les otorgaba ciertos privilegios, como el de estar exento de pago de impuestos sobre productos de consumo como la carne o el aceite.

A tal fin, el Rey ordenó a dos miembros de su Consejo que crearan un Patronato Real que él mismo presidiría. Se trataba de José González de Uzqueta, caballero de la Orden de Santiago, y Antonio de Contreras, de la Orden de Calatrava y colegial del Colegio Mayor de Oviedo de Salamanca. Una vez constituido el Patronato regio, aquel primitivo convento pudo haber conseguido formalmente un rango administrativo similar al del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Pero, por mor de la historia, ese enclave quedaría a la postre reducido a una mera casa de labranza al servicio de tierras de panllevar.

 

2.- LOS INICIOS

La presencia de los carmelitas en Duruelo, en un emplazamiento tan distante de cualquier ciudad en aquella época, se debió a la oferta que en 1567 recibió Santa Teresa por parte de Rafael Mejía Velázquez, caballero de Ávila, “que yo jamás había tratado”, decía ella, el cual deseaba que en su finca hubiera un convento carmelita. La cesión fue realizada en precario, sin plasmarlo en documento alguno, de manera que, si los frailes no se asentaban en ella, el terreno retornaría al propietario, lo que así sucedió dos años después cuando lo abandonaron por trasladase a la vecina localidad salmantina de Mancera de Abajo.

Tras obtener licencia del Padre General de la Orden, el italiano Juan Bautista Rubeo, para fundar una réplica masculina del convento de San José de Ávila, la Santa quiso conocer personalmente el sitio. Recabó información sobre la forma de acceder a aquella alquería que se hallaba junto a Blascomillán, adentrada en las Tierras de Salamanca y de la Casa de Alba. Pero obtuvo poca. Partió acompañada por Julián de Ávila, el fiel capellán de San José, y la hermana Antonia del Espíritu Santo. En pleno mes de junio, bajo un aplastante sol, por entre los pueblos de Herreros de Suso, Salvadiós y Gimialcón, desviaron erróneamente la ruta.

En Bercimuelle encontraron a un campesino que les auxilió ofreciéndoles un cántaro de agua para mitigar el calor y les indicó el camino de Duruelo, que ya se hallaba próximo. Llegaron a su destino muy anochecido. Localizaron la casa que el caballero les había ofrecido, una vivienda desvencijada y ruinosa para renteros que no reunía condiciones de habitabilidad. Para más inri, la hallaron con poca limpieza y llena de segadores. Decidieron volver sobre sus pasos hasta Bercimuelle y pasar la noche en la iglesia.

¿Cómo era aquel lugar? Crisógono Lorenzo Gorrachón, carmelita de Valderrueda (León), biógrafo de San Juan de la Cruz, nos lo describe: “Es Duruelo una alquería situada al extremo oeste de la provincia de Ávila. Casa pequeña, graneros que son desvanes mal resguardados, y unos corrales para ganados y aperos de labranza. Eso es todo. Junto a la pobre alquería se ve el cauce seco de un arroyo, que en la invernada lleva el agua de lluvias y deshielo. () Y luego soledad, una soledad absoluta, sin ruido de hombres, ni de pájaros, ni de aguas. Hasta el aire parece que pasa por allí callado, silencioso, filtrándose suavemente por entre las encinas del montecillo cercano”. Los dos acompañantes de Teresa quedaron estremecidos con la idea de fundar allí un convento. Por el contrario, a la Santa le pareció adecuado porque no podría encontrar una mayor austeridad acorde con su regla.

 

3.- EN MEDINA DEL CAMPO

Para llevar los primeros frailes a Duruelo, Teresa de Jesús se dirigió al convento de Medina del Campo, donde convenció a su prior, Antonio de Heredia, sacerdote curtido y con buen nivel intelectual por sus estudios de Teología en la Universidad de Salamanca, quien no dudó en renunciar a su cargo para adoptar la nueva regla y convertirse en el primer carmelita descalzo con el nombre de fray Antonio de Jesús. El segundo fue fray Juan de Santo Matía, anteriormente llamado Juan de Yepes, que se había trasladado con su familia desde su Fontiveros natal a Medina del Campo en busca de mejor vida. Sus padres, Gonzalo Yepes y Catalina Álvarez, elaboraban sedas y lanas finas sin que dieran para el sustento. Al morir su padre, su madre no vio más alternativa que volver con sus hijos a Medina del Campo, su lugar de nacimiento.

Le ingresa en el Colegio de la Doctrina, para niños huérfanos y pobres, donde le enseñaron las primeras letras. Más tarde le llevan a los talleres de oficios para que aprendiera alguno. Pero demostró su incapacidad para las labores manuales. Ni carpintero, ni pintor, únicamente se empeñaba en leer y escribir. Como no sabían qué hacer con él, le enviaron de monaguillo a la iglesia del convento de la Magdalena. E igualmente, debía acudir al Hospital General, uno de los catorce que existían en la villa, también llamado de San Antón o “de las bubas”, porque trataban la sífilis y otras enfermedades infectocontagiosas. Su labor era la de auxiliar en la enfermería de los males venéreos.

Posteriormente, es enviado al convento carmelitano de mendicantes de Santa Ana. Viendo sus superiores que, irremediablemente, sólo le interesaban las letras, le mandaron a estudiar Humanidades con los jesuitas y, en 1563, entró en el Noviciado de carmelitas de Medina con el nombre de fray Juan de Santo Matía. Finalmente, la orden reconoció sus aptitudes y el año siguiente fue autorizado a realizar estudios de Filosofía y Teología en la Universidad de Salamanca. Allí se ordena sacerdote y en julio de 1567 canta su primera misa en Medina. Dos meses después conoce a Santa Teresa.

A la Santa le costó convencerle de que se integrara en la reforma del Carmelo. El fontivereño se mostraba reticente, pues ya tenía decidido su futuro como cartujo de la Orden de San Bruno. Pero ella le dio convincentes razones para hacerle aceptar. Con el nuevo nombre de Juan de la Cruz, le encargó que fuera al convento de Valladolid para conocer la regla reformada, y que a continuación se desplazara a Duruelo para realizar obras en la casa y hacerla habitable. E igualmente dispuso con Fray Antonio. Éste debía hacerse con algún mobiliario del convento de Medina del Campo para llevar a su destino. Por fin, Teresa veía comenzar la obra, con fray Antonio, que era de complexión alta y fuerte, y fray Juan, más bien, de escasa estatura. Y con satisfacción, comentaba: “Como ya tuve estas dos voluntades, ya me pareció que no me faltaba nada más”, añadiendo que eran “fraile y medio”.

 

4.- FUNDACIÓN DE DURUELO

Juan de la Cruz partió de Valladolid hacia Medina del Campo y Ávila, acompañado por un maestro de obras que aspiraba a ser lego en la orden, para continuar ambos hasta Duruelo. Allí los dos empezaron a realizar las obras sin apenas herramientas, trabajando en ayunas desde la salida hasta la puesta del sol. Adaptaron como iglesia el portal de la casa. El coro había que imaginarlo, porque debían permanecer de rodillas bajo aquel tejado a dos aguas. En él existían dos celdas en las que sólo se podía estar inclinado o echado sobre unas camas que no lo eran, sino meros catres de heno con una piedra como almohada, y sin más adorno que cruces de palo y calaveras que había por todas partes. La cocina también era usada como refectorio y contenía los utensilios más rústicos, una tabla como mesa, cántaros rotos y vasos de calabaza. El minúsculo y exiguo conventito construido por San Pedro de Alcántara en El Palancar era un lujo comparado con el de Duruelo.

A los dos meses llegó fray Antonio con cinco relojes de arenas, una para cada hora de oración, pero olvidó los jergones que hubieran evitado el dormir sobre el duro suelo. Con él iba un diácono de coro medinense, Fray José de Cristo. Y otro llamado fray Lucas de Celis, mencionado por Santa Teresa como “fraile de paño” para identificarle como calzado. Éste permaneció poco tiempo, porque no se adaptó al duro modo de vida que se le hacía observar.

Los primeros descalzos llevaron una vida ascética extrema, cuyo máximo exponente era Juan de la Cruz. El carmelita Saturnino Martín Castilla, natural de Santiago de la Puebla (Salamanca), autor de una edición crítica de las obras completas del Santo, publicada en Toledo en tres tomos, así lo describe: “Adelantó su penitencia hasta parecer verdugo de su cuerpo. El jubón y calzoncillos de esparto ya le parecían suaves. Las disciplinas de sangre ya no satisfacían su fervor. Los cilicios eran cobardes si no taladraban sus miembros. La cama era un rincón del coro, sirviéndose una piedra de almohada. A medianoche asistía a los maitines y después se quedaba en oración hasta venir la mañana. Estaba en ella tan trasportado que, habiéndose calado de la nieve que entraba por entre las tejas, no la sentía caer y solía levantarse a la prima hora sin haberlo reparado. El calor que le daba la oración era superior al frío”. La severidad de los primeros descalzos de Duruelo era tal que les hizo acordar un “pacto de silencio”, por el que nunca contarían lo que allí se había vivido, pues perjudicaba la adhesión de futuros novicios.

Aquellas eternas horas de dolor, silencio y meditación fueron el germen de una posterior literatura mística que tanto influyó en las más altas instancias de la espiritualidad occidental y oriental. Juan Pablo II se doctoró en la Universidad de Santo Tomas de Aquino de Roma con la tesis Doctrina de la fe en San Juan de la Cruz. Y el gurú indio Swami Siddewarananda incluyó a Juan de la Cruz en sus meditaciones. A través de la obra El Rajá yogui San Juan de la Cruz, pensamiento indio y místico carmelitano, facilitó la comprensión de los más altos grados de la doctrina yóguica, mediante las claves espirituales que proporciona la obra Noche oscura del alma del carmelita abulense.

La fundación tuvo lugar el 28 de noviembre de 1568. Los tres frailes se organizaron para la llegada de nuevas vocaciones, de manera que Antonio de Jesús sería el prior; Juan de la Cruz, el maestro de novicios, y José de Cristo se encargaría del coro y del cuidado del convento. Aquel día no pudo asistir Santa Teresa, pero acudió tres meses después sin previo aviso, de camino a Toledo, aprovechando la compañía ofrecida por un grupo de marchantes que se desplazaban desde Medina a la capital manchega con encargos del rico mercader Simón Ruiz, conocido de la Santa. Al llegar pudo ver in situ la dureza de la vida eremítica de sus frailes. Encontró a fray Antonio barriendo la puerta y comprobó que, entrando en la casa, debía agacharse para no topar con aquel techo de cañizo que permitía el paso de la nieve. Subió al desván donde encontró a fray Juan absorto en su oración. Los mercaderes se quedaron atónitos al ver tantas calaveras sin atreverse a preguntar por su motivo. Seguidamente reanudaron viaje hacia Toledo donde la Santa procedería a una nueva fundación.

También la familia de Juan de la Cruz pasó algún tiempo en Duruelo para asistir a los frailes. Catalina Álvarez, Francisco de Yepes y la arevalense Ana Izquierdo, respectivamente la madre, el hermano y la esposa de éste, fueron a Duruelo para lavar las ropas, hacerles la comida, la cama y barrer. Después retornaron a Medina del Campo. (No todo lo que rodeaba a nuestros místicos rezumaba espiritualidad. Tanto en las familias de Santa Teresa, como de Juan de la Cruz hubo quienes sólo les interesó la riqueza por encima de todo. Francisco de Yepes se enriqueció a la sombra de la aureola de su hermano, recurriendo tras su muerte incluso al tráfico de sus reliquias. El que fuera cronista de Valladolid, Teófanes Egido, natural de Gajates (Salamanca), afirmaba: “En aquella fiebre descuartizadora de religiosidad barroca, le tocó el donativo de la quisquillosa amiga del Santo, la dama segoviana Ana de Mercado y Peñalosa: un pedacito de carne del mismo Santo Padre, del tamaño de un real de a dos, engastado en un cerco de búfalo con sus viriles. Fue una de las más milagrosas”.

 

5.- MANCERA DE ABAJO

Año y medio duró la primera presencia de los carmelitas en Duruelo. En su asidua labor de petición de limosnas por la zona, fray Antonio de Jesús trabó una estrecha amistad en Mancera de Abajo con don Luis Álvarez de Toledo, señor de la villa y de otras cinco más (Salmoral, Narros de Castillo, San Miguel de Serrezuela, Gallegos de Solmirón y Montalvo), casado con Isabel de Leyva, emparentada con la Casa de Alba, quienes tuvieron dos hijos carmelitas. Este noble le ofreció trasladar la comunidad a aquel pueblo y fray Antonio no dudó en aceptarlo al momento, sin consultar con nadie, porque el convento de Duruelo adolecía de humedades y se quedaba pequeño para la llegada de novicios. La premura con que decidió no fue óbice para que Juan de la Cruz y la madre Teresa le dieran el visto bueno a posteriori, lo que así se desprende de los elogios que la Santa dirige al benefactor en su libro Las Fundaciones, por su altruismo y el celo que mostraba por la iglesia de la localidad, de la que le llamó la atención la existencia de “un retablo grande que yo no he visto en mi vida”. Dicha pieza había sido llevada desde la catedral de Ávila, así como la imagen de una Virgen transportada desde Flandes.

La apertura se hizo realidad el 11 de junio de 1570, mediante una sencilla procesión desde Duruelo campo a través hasta el nuevo Carmelo. El convento carecía de agua, pero fray Antonio dio muestras de ser un buen zahorí y la halló en cantidad. Posteriormente, construyeron una noria para regar la huerta que les abasteció de alimentos básicos. Fray Antonio continuó siendo el prior y fray Juan de la Cruz siguió formando a los neófitos que fueron llegando. El número de novicios alcanzó los 43 con fray Pedro de la Asunción, prior que en 1600 trasladó la comunidad a Ávila, tras constatar que la lejanía de aquel lugar a las grandes poblaciones retraía a los jóvenes a ingresar en la orden.

La llegada de los carmelitas a Ávila no fue un camino de rosas. Primeramente, les cedieron la ermita de San Segundo, que debieron dejar para realojarse en una casa del barrio de Las Vacas, donde estuvieron esperando a la construcción de un nuevo convento junto a la muralla, el actual de Santa Teresa. El solar era propiedad de Alonso Sánchez de Cepeda, padre de Teresa de Jesús, y de su tío Francisco Álvarez de Cepeda. Mientras tanto, los frailes Mínimos de la Orden de San Francisco de Paula se había establecido en el convento de Mancera de Abajo, permaneciendo hasta el año 1836 en que se produjo la obligada exclaustración de religiosos.

 

6.- COMPRA DEL CONVENTO DE DURUELO

Una vez decaída la cesión del lugar que Rafael Mejía había efectuado a los carmelitas en Duruelo por su traslado a Mancera de Abajo, la comunidad trató de recuperarlo. En 1612 consiguen que el nuevo propietario, Francisco de Ávila y Ovando, se lo vendiera. Pero, por falta de recursos para la reconstrucción, permaneció sin uso hasta 1637, cuando pudieron acometer las obras que permitieron la ocupación, gracias a la manda testamentaria de Luisa de Moncada, condesa de Santa Gadea, para “gastos en la fábrica y erección del oratorio que se han de hacer en el lugar de Duruelo”.

Los trece frailes que formaban la comunidad pronto se dan cuenta de que no podían atender a su sustento con la escasa tierra que poseían. Solicitan al rey Felipe IV que les conceda para su cultivo la finca circundante de Patrimonio Real, que se hallaba baldía, lo que el monarca autorizó en 1643, tras recabar un informe de Antonio de Porras, a la sazón, corregidor de Ávila. Las carencias persistían y el prior, Juan del Espíritu Santo, acude al escribano de Mancera, Andrés González, que le aconsejó solicitar del Rey la constitución de un Patronato Real que se hiciera cargo de la administración, a lo que finalmente accedió el monarca.

Y así se mantuvo hasta que, en 1836, al igual que el convento de Mancera, el de Duruelo tuvo que ser abandonado por orden gubernativa para ser enajenado y vendido a particulares. Los nuevos propietarios terminaron por derribar el edificio y vendieron sus piedras para ser utilizadas en obras públicas. Alguna imagen se salvó. Una escultura de la Virgen del Carmen terminó en la iglesia de Gimialcón, y la Virgen con Niño que los carmelitas llevaban para pedir limosna, en la de Rivilla de Barajas.

(Foto portada. Monumento de San Juan de la Cruz y Santa Teresa en Medina del Campo)

 

 

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